La disputa literaria y los proyectos culturales en el proceso de modernización de Córdoba
Olga Beatr iz Santiago
Universidad Nacional de Córdoba
olgasantiago@sinectis.com.ar
RESUMEN
El movimiento de modernización que se desarrolla en el último tercio del S. XIX enfrenta
en la rígida y conservadora sociedad cordobesa la férrea resistencia de los católicos que
asocian renovación ideológica con ateísmo. La disputa entre conservadores y liberales
progresistas por la dominación cultural y la imposición de distintos proyectos de organización
nacional, tiene su correlato en el ámbito literario entre defensores del arte romántico y
moderno. Los escritores se enfrentan en apasionadas polémicas artísticas-ideológicas sobre
la función de la literatura, el rol de los artistas, la adopción de distintas tendencias estéticas,
la compatibilidad entre ciencias, fe religiosa y arte, la formación de los intelectuales o la
comprensión de una legítima literatura nacional. Las opciones estéticas, asociadas al debate
ideológico que se libra en esos momentos, operan retrasando o provocando los cambios
culturales en el largo y contradictorio período de transición hacia la modernización. Los
resultados de la investigación que proponemos se remiten, de manera privilegiada, a un
corpus de textos literarios y discursos críticos sobre la producción literaria e intelectual
cordobesa publicados en los diarios: El Eco de Córdoba, El Progreso, El Porvenir, Los
Principios, La Carcajada, La Patria, La Libertad y La Voz del Interior entre 1875 y 1918.
Hacia 1875 Córdoba se caracteriza por un espíritu rigido y dogmático impuesto por la
Iglesia y la Universidad en su cultura. Córdoba, la docta, la ciudad de los doctores, es
también Córdoba la santa, reconocida en los años 80 como la Roma argentina 1
, la ciudad de
las iglesias y los conventos, donde gran parte de la vida cotidiana se desenvuelve en un
ambiente de clausura monacal y de plegaria. Aferrada a costumbres de raíces hispánicas, la
ciudad se define en la época como valuarte del pensamiento conservador dentro del espacio
nacional y se manifiesta poco proclive a los cambios.
De este modo, cuando las ideas de filosofía liberal, positivismo científico, políticas
democráticas y economía capitalista comienzan a llegar desde el exterior, proponiendo otro
modo de conocer, comprender y expresar la realidad, y la ciudad se va incorporando, a su
ritmo, al movimiento universal de modernización, estos saberes enfrentan aquí, la férrea
resistencia de los conservadores.
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El nuevo «tiempo de vallas rotas» -como lo definiera Martí -, de comunicación
internacional, de expansión de la educación popular y circulación más libre de los
conocimientos, produce el desclausuramiento del saber del reducto de la elite docta
universitaria y una ampliación y diversificación de la clase letrada cordobesa.
Los escritores vinculados a la actividad literaria, que asumen un rol protagónico en la
movilización ideológica del S.XIX, encuentran en la prensa un medio adecuado para difundir
sus ideas en el espacio público, y consecuentemente, de incidir en la formación de la
«opinión pública».
Interesados por conocer la respuesta de este grupo de escritores a la propuesta de
modernización cultural, examinamos en este trabajo su producción discursiva publicada
privilegiadamente en los diarios de la época, con el objeto de dar cuenta de las voces
representativas, de las tendencias predominantes y generalizadas que circulan en el espacio
social. 2
La renovación ideológica del S. XIX instalada en el debate sobre la organización nacional
y la definición de lo nacional, problematiza también el rol de los escritores, la función de las
letras y el modo de expresión de una literatura propia. Las publicaciones de la época, lejos
de un consenso homogéneo o de una diversidad pacífica, dan cuenta de una polémica
ideológica, en muchos momentos virulenta, entre conservadores y renovadores que tiene su
correlato a nivel de estéticas entre románticos y partidarios del arte moderno.
Los conservadores, muchos de ellos políticos, funcionarios del estado o profesionales que
se dedican paralelamente a la actividad literaria, temen que influencias culturales y estéticas
extrañas, con su cuota de ateísmo, alteren los valores morales y creencias de un pueblo
tradicionalmente católico y rechazan en bloque las retóricas del naturalismo, decadentismo,
simbolismo, parnasianismo y modernismo, con que los modernos intentan revitalizar el arte y
dar expresión a los nuevos tiempos.
En su fervor antiliberal, los conservadores, que consideran a la modernidad satánica, 3 la
acusan de haber producido la decadencia del arte contemporáneo y le ejercen su resistencia
discursiva: «El ateísmo no puede producir mas que engendros mostruosos» 4 (El Porvenir: 28
de febrero 1891); «La revolución ha corrompido nuestras costumbres y nuestra literatura
cristiana» (El Eco de Córdoba: 7 de marzo: 1878), afirma en alarmante añoranza de los
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tiempos coloniales el crítico de la literatura hispanoamericana M.P. Villamil y hacia final del
siglo, José Menéndez Novella, 5
quien en su sección «Dimes y Diretes» del diario Los
Principios se dedica a descalificar a los escritores modernos, escribe «La funesta Escuela
Decadente, sobre ser blasfema en literatura, es enemiga de la religión en lo ideológico» (Los
Principios: 3 de octubre 1897).
Con esta impugnación religiosa y distinta sensibilidad estética -se habla de «los artificiosos
mamarrachos decadentistas» (La Voz del Interior: 17 de enero 1913) -, los católicos
conservadores, procuran frenar las innovaciones expresivas y mantener el arte al servicio de
la fe.
De modo que, aunque la movilización ideológica ya ha comenzado a producir sus efectos
transformadores en varios espacios culturales en las décadas del 70 y 80, las letras locales
no dan signos de renovación hasta entrados los años 90. Tanto en los diarios El Eco de
Córdoba (1862-1886) y El Porvenir (1886- 1894) de tendencia conservadora, como en los
ideológicamente más liberales: El Progreso (1867-1878) y el semanario La Carcajada (1871-
1905), la producción literaria que se publica antes del 90 es escasa, imitativa, de poco valor,
sujeta al modelo clásico de la retórica romántica y por lo general expresión del sentimiento
íntimo o religioso. Todavía a fin de siglo, el diario Los Principios, que representa en la prensa
la línea católica-conservadora más intolerante, publica diariamente en sus páginas relatos en
retórica tradicional que tienden a configurar el perfil de un buen cristiano. El predominio de
esta tendencia literaria apegada al código romántico y asociada al proyecto católicoconservador, opera, en su registro, como fuerza de resistencia al cambio cultural.
Recién en el 90, cuando la grave situación social provocada por la crisis económica y la
amenaza del avance imperialista extranjero imponen un cambio urgente, emerge un grupo
de escritores cordobeses que formados en la filosofía liberal y en las ciencias positivas
demandan con energía la aplicación de un pensamiento crítico y racional en el quehacer
artístico o que deslumbrados por las novedades del arte francés proponen la renovación
estética.
El grupo de escritores modernos no es homogéneo, se diversifican en un abanico de
diferentes tendencias -realismo, naturalismo, simbolismo, modernismo- pero se unen en el
afán renovador y el impulso liberador. Son escritores-periodistas, escritores-docentes,
escritores-artistas, hombres de una vasta información, algunos también con títulos
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académicos, que opinan sobre política, economía, educación, conductas sociales,
cuestiones de arte y se mueven en permanente tensión entre las exigencias de la vida
pública y las pulsiones del arte.
Entre las voces más representativas, la mayoría ejerce la actividad literaria con intención
política en el sentido amplio del término, o con un propósito ético-social y, en muchos casos,
llegan a ser funcionarios a partir de su reconocimiento público por la difusión de ideas en la
prensa o su tarea artística, tal es el caso de Leopoldo Lugones, Martín Gil, José Bianco o
Ángel Ávalos.
La profundización de la renovación en los años 90 condensa paulatinamente los disueltos
contornos de la literatura para otorgarle un lugar más específico en el espacio social. En
respuesta a una propuesta lanzada desde el diario La Libertad, el 21 de setiembre de 1895
se funda el «Ateneo» cordobés, una sociedad científico-literaria que agrupa a intelectuales de
diversas tendencias ideológicas y estéticas que promueven la producción del saber y la labor
artística en la provincia. 6
En esos años todos los diarios impulsan la actividad literaria, aumentan el número de
publicaciones en el género, organizan concursos literarios (La Patria 15 de octubre 1903), y
crean una sección especial dedicada a la literatura en sus páginas. La Patria -1894 a 1910-
desde 1903 comienza a publicar su «Sección literaria», La Libertad -1897 a 1915- tiene su
«Página literaria» todos los jueves, Los Principios, que comienza a salir desde 1894, dedica
diariamente un espacio a estas publicaciones con el título «Variedades», La Voz del Interior,
desde 1904, otorga un lugar a las letras en su «Edición de los lunes» y a partir de 1913 en «La
quincena literaria», dirigida por Juan Armerich y Octavio Pinto. Simultáneamente, jóvenes
escritores se integran a las redacciones, entre ellos Leopoldo Lugones, que se convierte en
colaborador permanente del diario La Libertad, bajo el seudónimo de Gil Paz desde
diciembre de 1893. También se multiplican las voces que comentan novedades literarias en
la prensa, se perfila con contornos más nítidos la figura del crítico y aparecen revistas del
género como «La linterna», «la Palabra», la «Nueva Revista científico literaria» fundada y
dirigida por E. F. Garzón. 7
A pesar de que la renovación ideológica moviliza el epacio literario, en Córdoba el
proyecto de los progresistas encuentra una fuerte oposición en las instituciones que fueran
los antiguos blasones de la ciudad: la Iglesia y la Universidad.
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Los intelectuales de pensamiento liberal denuncian la permanencia del rígido espíritu de
filosofía escolástica-tomista en los estudios universitarios vigente desde la Colonia que
impiden la formación de un investigador creativo, amante de la verdad y el progreso.
Una de las voces modernas de más peso en el campo intelectual del momento, el escritor
–liberal-positivista- José Bianco, detrás el seudónimo de Tomás Backer, acusa con ironía a
la vieja elite docta de Córdoba, en sus Cartas yanckees publicadas en 1897 en el diario La
Libertad (Bianco, José 1900:150). Para Bianco la gran mayoría de la intelectualidad de
Córdoba, se caracteriza por participar «del estancamiento, la vulgaridad, la intolerancia
ignorante y la arrogancia del título universitario», «son doctores y basta» «En Córdoba no se
estudia, vivimos del recuerdo, sin preocuparnos del presente» (Bianco, José 1900: 153 y168).
El nuevo grupo de intelectuales, que exige un saber al servicio de la humanidad y el
progreso, embiste contra el viejo modelo de intelectual paralizado en el mítico prestigio social
que otorga el título de doctor en el imaginario colectivo.
Federico Igarzábal en La Patria 6 de agosto 1903 señala:
No tenemos título de nobleza pero lo suplimos con el diploma. El doctorado
nos llena de vanidad. Hacerse llamar doctor aunque se tenga la inteligencia
como una tabla rasa, es una aspiración tan anhelosa entre nosotros, como en
otras partes, la de llamarse conde o duque o príncipe.
La improductividad de los estudios en Córdoba impone, para los renovadores, la
necesidad de una actualización del saber con el aporte de los avances científicos y de un
pensamiento liberal, racional y crítico acorde a los tiempos.
De este modo, el enfrentamiento entre conservadores y modernos es planteado
esencialmente en términos de una disputa entre fe y ciencias, entre religión y modernidad y
se traslada al ámbito literario en el conflicto entre creencias religiosas y arte moderno. Sin
embargo, la adopción de ideas progresistas, liberales o positivistas no son signo de ateísmo
en los escritores cordobeses, que en su gran mayoría se pronuncian por una modernidad
cristiana, aunque casi siempre anticlerical.
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El escritor -liberal progresista- Carlos Romagosa en su discurso sobre «El Simbolismo» en
El Ateneo, en ocasión del homenaje a Rubén Darío de visita en Córdoba en 1896, al
convocar a los jóvenes a enriquecerse en la fuente de belleza simbolista dice:
Los ideales de la nueva tendencia literaria (…) consiste en revestir la idea
de una forma sensible; (…) en hacer vibrar y sentir la belleza, el encanto y el
misterio que sabia y bondadosamente ha impuesto Dios en todas las cosas
del universo (Romagosa, Carlos 1931: 44).
La disputa ciencias-fe se encarna en el enfrentamiento entre el prestigioso político Manuel
Pizarro y el astrónomo positivista Martín Gil –ambos también escritores- que se desarrolla en
las páginas de los diarios Los Principios y La Patria durante más de un mes en 1903. Manuel
Pizarro desata la polémica al declarar en un artículo en Los Principios «la bancarrota de las
ciencias» por pretender explicarlo todo y no poder explicar la Primera Causa. Martín Gil, el
más claro representante de la estética del naturalismo en Córdoba, asume la defensa de las
ciencias modernas y afirma la compatibilidad ciencias-fe legitimada en la raíz divina de la
razón:
(…)la ciencia moderna no pretende de ningún modo descubrir el primer por
qué del fenómeno sino el cómo, es decir, su ley, y cada día descubre nuevas
leyes de las que se deducen nuevas consecuencias útiles para la humanidad
(…) En cuanto a la Causa Primera, se la siente palpitar en todas partes
aunque no se la explique; desde el telescopio hasta el microscopio, esos dos
rastreadores del infinito, proclaman su existencia (La Patria: 25 julio de 1903).
La polémica de carácter filosófico-literario, Gil / Pizarro, que repite en modo criollo la
disputa francesa entre Brunetiére y Berthelot en favor y contra las ciencias, manifiesta la
coexistencia de dos tipos de racionalidades diferentes: una premoderna y otra moderna que
conserva la fe religiosa: «Yo veo a Dios por una ventana que no es la suya»- dice Gil.
La racionalidad de los modernos mantiene sus continuidades con el espíritu tradicional
pero desde actitudes vitales, principios y una sensibilidad estética diferente. Conservan el
idealismo de los románticos y su fe religiosa pero otorgan al individuo un rol más activo en la
construcción de su destino y confiando en el desarrollo científico, en la evolución natural, la
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educación y el progreso, son optimistas y sueñan con la concreción de sus ideales en el
futuro.
De esta manera, la modernidad de carácter amenazante para los tradicionalistas, es el
espacio y tiempo deseado por los renovadores. Para los poetas modernistas el añorado
paraíso perdido de los románticos será una realidad en el mañana; en 1893, el Lugones
socialista, escribía en «Un canto más»:
Allá en las lejanas épocas
Cuando el hombre realice sobre el mundo
El Edén de las bíblicas leyendas…
Cuando no haya ni siervos, ni tiranos
Y sea la conciencia
Un nuevo Sinaí donde fulguren
Relámpagos de ideas. (La Libertad:10 de junio 1893).
En cambio los escritores de pensamiento científico liberal dejan de añorar la vuelta de un
pasado ideal y lejano para construir configuraciones utópicas del futuro. De esta manera, la
insatisfacción con el presente en lugar de resolverse en estériles expresiones de pesimismo
romántico, se transforma en una provocación entusiasta, vigorosa y colmada de esperanzas.
«Doblemos la hoja y seamos optimistas. El porvenir es nuestro.», dice José Bianco en
1893 (Bianco, José 1921: 18). Y Martín Gil: «La Argentina está llamada a ser- si no nos
malogramos- la futura próxima Norte América Austral» (Gil, Martín 1960:181).
Más optimista aún, Carlos Romagosa en 1898 dice:
El espectáculo que presenta en la actualidad la República Argentina no
puede ser ni más hermoso, ni más edificante; ni sus persectivas pueden ser
más grandiosas, en cuyas perspectivas se vislumbran sus altos destinos. (…)
incorporada al concierto de las naciones libres, civilizadas y fuertes, y en
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camino de ser, digámoslo sin orgullo, pero con inmensa y desbordante
satisfacción, en camino de ser la primera nación de este esplendoroso
continente (…) (Romagosa, Carlos 1931: 167-168).
Idealistas, pero penetrados de sentido práctico, los escritores de la renovación postulan
un arte al servicio del progreso y la sujeción de los sentimiento a la razón para no caer en las
improductivas, «artificiales y enfermizas» exageraciones románticas que retardan el cambio.
José Bianco al ponderar la novedad expresiva relevada en el libro «Joyas literarias» de Carlos
Romagosa en 1897 se lamenta «Todos los años nos inundan volúmenes que contienen
manifestaciones enfermizas y artificiales, que estragan el buen gusto literario y desvían del
recto sendero fuerzas que, bien aplicadas, serían factores de progreso» (La Libertad: 4 de
setiembre 1897).
En los comentarios críticos en los diarios a las novedades literarias de la época, los
escritores embisten contra la ineficacia de las formas y el desgaste de los modos
tradicionales de representación literaria. El crítico literario Juan Rubio al celebrar la estética
modernista en el libro «Los Primeros» de Martín Goicoechea Menéndez en 1897 convoca a la
juventud a abandonar el artificial pesimismo romántico «Juventud adormecida. Juventud
robusta: _desechad el arpa que sólo tiene sonidos para modular vuestras quejas imajinarias
y tomad la lira de oro que presta el talento a quienes le cultivan» (La Libertad: 21 de agosto
1897).
Si bien hay un consenso generalizado en pedir al escritor imaginación, originalidad
creadora y sentimiento, los renovadores exigen además ideas, un arte que haga sentir y
pensar. La literatura debe responder a las necesidades de la época y contribuir en la tarea
civilizadora, revitalizar los espíritus, contagiar fe en el futuro. Los escritores convocan a
sumarse tras los ideales progresistas, sus enunciados se llenan de imperativos, de
urgencias, de expresiones de deseo y entusiamo llamando a la acción.
Los poetas dinamizan los versos y escriben cantos al estudio, al progreso, a la libertad, a
la justicia:
Canto al estudio
Derramemos
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semillas de saber sobre los surcos,
porque germine en ellos la esperanza
y florezca el ideal; á manos llenas
caiga el verbo sincero, en elocuente
bendición sobre el mundo, vuele el libro,
suden los tipos y la imprenta férrea;
con el plomo que mata, fabriquemos
nuestras armas de luz. Y que las máquinas
que multiplican fuerzas y energías,
sean de hoy más, factor de los dominios
de la mar, de la tierra y de ese vago
imperio de azul!….
J. Z. Agüero Vera (La Patria: 24 de mayo 1910)
En cuentos, folletines, novelas costumbristas o dramas los artistas transmiten una lección
de pedagogía liberal-progresista, postulan la educación, el trabajo, los valores nacionales,
propician la integración de los inmigrantes y arremeten contra las supersticiones, la
ignorancia, el «salvajismo indígena» y todo signo de incivilización.
Ángel Ávalos al comentar el libro «Perlas rotas» de José María Vélez, disiente con el
conservador Francisco Rodríguez del Busto, quien piensa que a la literatura sólo le cabe
representar lo bello y la expresión de sentimientos íntimos, y aconseja al autor una vigilante
conciencia histórica en sus represrentaciones literarias:
Observe, analice, compare y exprese Ud., siempre, la íntima armonía de la
naturaleza visible y del espíritu (…) Úna Ud. Al hecho ó objeto, la opinión (…)
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Exponga á nuestra contemplación, en la novela ó en la crítica trascendental, el
gran cuadro que le inspire el ambiente social contemporáneo (La Patria: 20 de
noviembre 1908).
De la misma manera se pedirá a los críticos de la literatura estudio, conocimientos
fundados, la actitud de un investigador científico, no de un simple aficionado. «La crítica
literaria es ciencia experimental» (Bianco, José 1900: 91), afirma José Bianco, quien se
enfrenta a Francisco Rodríguez del Busto en las páginas de La Libertad durante los últimos
días de octubre y principios de noviembre de 1895 y lo acusa de ser un crítico «a la violeta»
en sus juicios sobre la literatura del S.XIX.
La organización y modernización de la nación se les presenta a los renovadores como un
deber ético. Sus voces expresan la voluntad de un cambio, progreso es sinónimo de
revitalizar, despertar, movilizar en su demanda progresista. Los escritores asumen,
entonces, una voz rectora, se autorepresentan en los enunciados como educadores, voces
orientadoras de conductas cívicas y morales, nuevos sacerdotes de la sociedad laica que
proponen encarar la vida como una empresa de heroísmo religioso en busca del progreso
nacional.
José Bianco en 1894 dice:
Es tiempo que despertemos á la vida que es milicia en el concepto bíblico,
luchando con afán y sin descanso en pró de ideas y de aspiraciones que son
el evangelio de un pueblo libre (…) Utopías, dirán muchos. Utopías, sí! Pero
serán las verdades del mañana (Bianco, José 1900: 35 y 44).
De esta manera la tarea pedagógica de los escritores es comprendida como una misión
social y se jerarquiza configurada en los discursos como una gesta heroica de carácter
sagrado.
Esta América latina que oscila entre anarquía y el despotismo, necesita el
ejemplo de varones ilustres que son héroes de la paz en la lucha del progreso,
abnegados y sinceros, que predican con la acción y enseñan con la
austeridad del apóstol, que la vida es milicia sin descanso para el sembrador
de ideas (Bianco, José 1900: 211).
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Los poetas se entienden a sí mismos profetas de una verdad ideal, redentores de la
sociedad, se autodesignan «misioneros de la luz», «soldados en la batalla del saber», Lugones
se identifica como «un combatiente de la aurora» (La Libertad: 12 de agosto 1895); y
consecuentemente, la acción poética se define en términos de epopeya, de misión sagrada
en procura de valores éticos-estéticos.
A los Jóvenes poetas
Sed como esos colosos de las mitologías,
Que, para llegar pronto, saltan sobre el mar,
Y para abrirse paso por entre serranías,
Partían las montañas, y en su afán de osadías
Desafiaban las iras del Olímpico altar.
Leónidas Vidal Peña (La Libertad: 26 de julio 1913).
El magisterio que los escritores llevan adelante mediante el arte los constituye en nuevos
héroes que se integran a la empresa de organización y modernización nacional.
Por otra parte, el proceso de modernización actualizará el proyecto de una literatura
nacional postulado por los románticos. Los escritores aspiran una literatura representativa de
lo nacional, que sea expresión de los valores genuinos argentinos, pero mientras los
tradicionalistas, que identifican Dios con España y a Francia con las ideas liberales, sólo
reconocen como propios los valores heredados de la «madre patria» – su fe, su religión, su
lengua-, 8
los progresistas prefieren las novedades expresivas del nuevo arte francés para
revitalizar la expresión artística propia y lograr que la literatura nacional se comunique con el
arte y pensamiento europeo contemporáneo.
El proyecto de una literatura nacional alcanza su concreción sólo temáticamente en las
letras de la época, sin lograr obras de valor artístico importante. Los textos tienden a
despertar el sentimiento patriótico, definen los límites de lo nacional, dotan de una historia,
un territorio, una naturaleza particular, conforman el cuerpo social con sus inclusiones y
exclusiones, instauran el panteón de modelos heroicos, 9
consagran símbolos nacionales. En
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definitiva se construye la representación simbólica de lo propio mediante discursos que
generan vínculos, que fijan imágenes de pertenencia y solidaridad nacional.
En su texto sobre el 25 de mayo Romagosa profetiza la llegada de un poeta nacional «La
epopeya de la independencia argentina es larga y accidentada (…)Algún día ha de nacer el
Homero que la cante en versos inmortales». Profecía parcialmente autocumplida en su prosa
celebratoria de las gloriosas figuras nacionales:
(…) como un rápsoda que está evocando fragmentos de esa epopeya,
permitidme (…) que evoque el recuerdo de Martín Güemes: ese paladín de
nuestra independencia, (…) que se amoldaba al lenguaje y á las costumbres
de sus soldados, para compenetrarse íntimamente con ellos é infundirles el
purísimo y ardiente patriotismo que exaltaban su corazón y su alma.
(Romagosa, Carlos 1931: 160)
La exaltada retórica patriótica con frecuencia deriva en expresiones de sobrevaloración
chouvinista de lo nacional o lo americano fundadas en el deseo o la imaginación, mejor que
en la realidad:
(…) grandes y fuertes están llamadas á ser todas las naciones de este
continente americano, el más grandioso de los continentes por sus contornos,
por sus riquezas y por sus destinos; de este continente americano, refugio
sagrado de todos los que aman la libertad y el trabajo (…); de este continente
americano, enorme crisol etnográfico, donde están llamadas á fusionarse
todas las razas, convirtiéndose en el magnífico santuario abierto de la
democracia universal; de este continente americano, circundado por los dos
océanos más majestuosos; (…) de este continente americano, cuyas
maravillas naturales están cantando su exuberancia y su magnificencia; (…) la
más fértil y hermosa de las llanuras: la Pampa argentina; la más volcánica y
opulenta de las cordilleras: la cordillera de los Andes; la más fuerte y señorial
de las aves: el cóndor; (…) (Romagosa, Carlos 1931:164).
Sin embargo, el fervor patriótico que postula la libertad y la independencia cultural
americana se contradice con expresiones que refuerzan los vínculos con el pasado colonial
que neoclásicos y románticos habían tratado de dejar atrás. En 1897 Arturo M. Bas en un
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artículo publicado en La Libertad, sostiene que la conquista y su legado cristiano
beneficiaron el desarrollo de estas tierras. 10 En 1898 Romagosa se duele por la suerte de
España en guerra con EEUU y manifiesta su vínculo afectivo con la madre patria, en
momentos en que territorios americanos están luchando por la independencia política de
aquélla (Romagosa, Carlos 1931: 167).
La llegada del 12 de octubre de 1892, provoca una serie de discursos que disuelven el
conflicto generado en la conquista y rinden homenaje a sus figuras, en manifiesta
recuperación del pasado colonial como un período que pertenece natural y armónicamente a
la genealogía cultural americana.
Ángel Ávalos sostiene:
Colón es el más grande hombre de la historia. Y mi voto íntimo en el centenario del
descubrimiento, es (…) que en homenaje á Colón la poesía americana
levante el himno imperecedero de la fama, con estro aún más inspirado que el
de Baralt, de Mármol y de Encina» (Ávalos, Ángel 1910: 318).
En los tiempos de tránsito de la sociedad tradicional a la moderna, las letras de los
renovadores cordobeses expresan una conciencia contradictoria, una racionalidad moderna
que manifiesta sus rupturas pero también sus continuidades con el pasado. Postulaciones de
un pensamiento analítico, crítico y racional, con apasionamiento romántico, con un idealismo
que construye utopías discursivas. Enunciados que configuran la modernidad y el progreso
en modos expresivos premodernos, con vocabulario de la epopeya medieval o cruzada
religiosa y un arsenal de imágenes de mitología clásica.
Incapaces de imaginar un mundo desacralizado, la racionalidad de nuestros modernos
oscila entre lo religioso y lo laico, proponiendo una reforma racional sin quebrantar los
fundamentos religiosos.
A pesar de estas continuidades, el discurso literario articulado al programa progresista
favorece la renovación cultural. Al mismo tiempo que propicia el desarrollo de una nueva
sensibilidad, cumple una función deontológica orientando conductas cívicas y artísticas a
alcanzar la ansiada modernidad que los tradicionalistas resisten manteniendo las letras en
retórica romántica.
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En el largo y contradictorio tránsito de la tradicional sociedad cordobesa a la
modernización, expresiones literarias de conservadores y renovadores coexisten en
polémica tensión disputandose la imposición estética, pero también ideológica.
NOTAS
Así la llama de manera irónica el jocoso periódico «La Carcajada» en 1880, y la designan
viajeros que la visitan entre 1887 y 1889: «Córdoba era y es todavía la ciudad de las iglesias,
la Roma Argentina» dice Alejo Peyret en «Una visita a las colonias de la República Argentina»
en 1889. (Segreti, Carlos 1998: 445).
2 El material periodístico revisado pertenece a los diarios: El Eco de Córdoba, El
Progreso, El Porvenir, Los Principios, La Carcajada, La Patria, La Libertad y La Voz del
Interior entre 1875 y 1918.
3 En «La Sombra de Satán» de Saúl Taborda en 1910 se puede leer: «Esos libros
enemigos de España y de Dios. !Sí, el error de los reyes españoles ha consistido en dejar
leer en Buenos Aires los libros de París!…No sé porqué me parece que en cada hoja de esos
libros malditos está diluída diestramente, la Sombra de Satán» (Taborda, Saúl Alejandro
1916: 102).
4 En todos los casos las citas transcriptas respetan la ortografía del original.
5 Escritor que se reconoce bajo el el seudónimo Gil Guerra que adquiriera por sus
enfrentamientos públicos con Lugones.
6 A la institución, presidida por el Dr. Moyano Gacitúa, pertenecerán entre otros: Mons.
Pablo Cabrera, Ignasio Garzón, Jacobo Wolff, Francisco Rodríguez del Busto, José Bianco,
Zenón Bustos, López Cabanillas, R. Malbrán, Segundo Dutari, Rodríguez Idalecio Figueroa,
Carlos Echenique, José Menéndez Novella, Amado Ceballos, José del Prado.
7 En este tiempo se proyecta fundar una Facultad de Filosofía y Letras en Córdoba que
luego queda abortado.
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8 En un artículo de El Porvenir, que reproduce parte de un capítulo de «La Historia de la
literatura argentina» el Padre Poncebis, define a Rafael Obligado como «poeta nacional» por
sus raíces españolas (El Porvenir» 14 de abril de 1891).
9 En Córdoba los escritores rinden particularmente su homenaje al Gral Paz y Dalmacio
Vélez Sarsfield.
10 En el mismo sentido se pronuncia el poema «Cristo y Colón» que aparece el 28 de
octubre Carcajada 1880.
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