Diaris
SÁBADO 25 NOVIEMBRE DE 1905

SEMANARIO INDEPENDIENTE
Sección Literaria

obscuridad del cerebro.. Tú haces pre¬ El apetito de conversación ha echado lano dando pasto á la conversación. El La palabra tiene su decoro como tiens sentir un bienestar que los ojos no vén al hombre del hogar y vive en la calle, caso es hablar de lo que no nos importa. el silencio su elocuencia. Cuando llega¬

y el corazón desea; das luz á la tristeza en el café, en el casino, en todas partes

La conversación oficial tiene más be¬ ron los tres amigos á confortar á Job en

A LA LLUVIA

transformándola en limbos vaporososy.. donde pueda pegar la hebra y no soltar¬ moles. En ella entra la discusión políti¬ su estercolero, la presencia de aquella también., rezas. Rezas el rosario de la la así lluevan chuzos. A la mujer, más ca, científica ó literaria, el discurso de inmensa desdicha, de aquella tremenda

grán Naturaleza, rezas la plegaria del dispuesta á la parlería por obra y gracia circunstancias, el brindis disgestivo, la caída del poderoso les trabó la lengua, y

Nada como el canto de tus lágrimas, agua, rezas besando la tierra con tus la¬ de la madre Naturaleza, también se le conferencia en Círculos donde arriba se mudos estuvieron contemplando «siete

¡oh lluvia!, inspira á los corazones la bios puros.

cae la casa encima y allá se va de tien¬ juega y abajo se aprenden cosas tan días con sus siete noches.»

canción de la tristeza.... Nada como tu ¡Felices aquéllos que saben y pueden das, de paseo, de visitas, al teatro, al importantes como «la civilización de los Al gran dolor lo profana la palabra.

llanto adormece el alma al compás de escucharte!

baile... ¿A comprar, á pasear, á cumplir Alanos desde los tiempos primitivos has¬ ¿Qué no profanaremos nosotros, qué

una música mortecina.... Nada semejan¬

Rezan contigo, y la oración les envuel¬ deberes sociales, á instruirse, á recrear¬ ta nuestros días y sus relaciones con la no babosearemos, con este irrestañable

te á tu voz, que viene del cielo á contar ve en místenos del sueño.

se? No. A charlar dé donde diere, á em¬ política actual,» ú otros temas parecidos flujo de hablar por hablar que es nues¬

secretos á las hojas y á besar las flores
que se entreabren para recibirte.... Nin¬ gún acento como el tuyo es escuchado por el alma entristecida.
Engendrada entre vapores, te convier¬

Santiago Rusiñol. RIMA

briagarse también con el dulcísimo néc tar del diálogo.
Nuestra con versación suele ser como
los periódicos del día: leído uno, puede decirse que se han leído todos, salvo lo

que escogen los oradores. Aquí no se mueve nada sin que vaya
un discursete por delante. El caso es ha¬ blar. ¡Loquaces linplie!
«Quien mucho habla mucho yerra,»

tra peor y ridicula epidemia?
José Nogales.

tes en agua, Surgida de entre el vaho
del planeta, te purificas allá, donde no ¡lega el hálito viciado de los hombres, transformada en nube, oscilas entre las
montañas, acaricias sus cimas, tejextien-

Como prenda de amor, y á ruego mío, me diste un pensamiento
que yo juré guardar eternamente por haber sido adorno de tu pecho.

característico de cada cual. El mismo
crimen, el mismo discurso, la misma corrida, el mismo estreno... Pero ¡cómo se desmigaja la nota por esos cafés y ca¬ sinos y demás centros de instrucción y

dice el adagio. La razón es que el que habla mucho estudia poco ó no estudia nada. De hablador á embustero no hay el canto de una peseta y esta es otra de las gracias, pues habiendo pocas verda¬

Retazos higiénicos
EL ASEO DE LA BOCA

des y meces sobre los valles, caminas sobre las carreteras sin fin, vuelas,flotas,

resbalas, te deslizas y, brotando como sudor de las nubes, lánguida y purísi¬

ma, te precipitas de nuevo sobre la

tierra.

Todo te espera. Las plantas deperezán-
dose á tus besos; los bosques se adornan

ostentando sus galas; el terruño te ab¬

sorbe, haciéndote pasar á sus venas, y á

través de surcos de verdor te hace llorar

estalactitas allá en el fondo misterioso

de sus entrañas bordadas; las raíces te absorben con sus labios fibrosos, los

pámpanos crecen, la hiedra se enrosca y
todo extiende los brazos y todo envía

hácia tí sus agradecimienos con los colo¬

res de la alegría.

Sólo el hombre, la planta triste que no

tiene raíces sobre la tierra, que vive de¬

samparado de ella, sin hogar y sin cuna donde cobijarse, te ve descender de las
nubes sin esperar un consuelo á su mi¬

seria.

Sólo el hombre pobre, sin un rincón

donde guarecerse te siente caer con tris¬ teza, pensando que no es para él para quién desciendes.... Que las frutas que sazonas serán para otros.... Que los ár¬ boles brotarán y las flores henchirán el

aire de aromas, los bosques de espesura

y las montañas de verdísima cubierta, en tanto que él no obtendrá de tí sino

humedad para sus huesos.... Más si tu brazo gris es amargo para él,

con qué paz. en cambio, te escuchan los
corazones felices murmurando detrás de

las ventanas, recogidos cerca del fuego

en víspera de los días invernales! Las
caras iluminadas de un lado por el rojor

y del otro por el gris de tus lágrimas, la
llama enroscándose caprichosa y llevan¬ do tras de sí la mirada perdida, las bra¬

zas despidiendo chisporroteos y tú ca¬

yendo apresurada y fría

¡Ah, cómo

unes con tus rezos inconscientes á los

que te aman! ¡Cómo conmueves los oí¬ dos que te escuchan! ¡Cómo armonizas
sus sonidos y enciendes apagadas ce¬

nizas!

¡No sé que tiene tu llorar dulcísimo, que inspiras ideas de abrazos intensos y
besos silenciosos. Tal vez la luz que tú

apagas incita á las almas á que se amen en el sugestivo misterio de la sombra..
Tal vez tu voz hace vibrar en el corazón

íntimas fibras adormecidas.. Tal vez los

extremecimientos de los seres que el ca¬

lor no vivifica, hace disminuir la ventu¬

ra por el mismo temor de perderla!
No lo sé; más nada tan hermoso como

escucharle cuando el corazón viva en

paz. Nada como tu cadencia indefinida, tu gotear dulcísimo y tu ámplia sinfonía

ruando acompaña la dulce melodía de

los momentos venturosos.

Como el eco vago de alegrías desvane¬

cidas, vas cayendo de las nubes, y tu
canto es el canto de la monotonía, canto

de agua que marca el dulce compás de
nna tristeza amorosa y que despierta en las cuerdas de la memoria canciones sin

letra y apagadas vibraciones de sueños

que se deslizan..

Tú ligas con hilos de plata los pensa¬

mientos indefinidos que se agitan en la

Pasó un año no más, y tú olvidaste,
al trascurso del tiempo todo lo que jurado nos habíamos, borrando de tu mente mi recuerdo.
Acaso un día, arrepentida, quieras deshacer lo que lias hecho
y vaciles creyéndome ofendido porque ignoras lo mucho que te quiero
Mas oye: todavía entre las hojas
de un escrito cuaderno,
marchita, cual lo están mis ilusiones, la seca y arrugada flor conservo.
J. Menéndez Novella.
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Ecos Parlería
Dios nos dotó de lenguaje para que pudiéramos comunicarnos ideas y senti¬
mientos. Esto no tiene vuelta de hoja. Ahora, lo que sí la tiene, es el uso que
hacemos de ese caudal.
En todas partes se abusa de esta facultad maravillosa, pero en los países parlamentarios, y como cabezas de ellos en Francia y España, la parlería toma caracteres de una molestísima epidemia. Entrambos pueblos han creado un dios
nuevo para el Olimpo de las razas decadentes, la «Conversación.» Los franceses se envanecen de darle culto con todo un arte que es casi una ciencia: nosotros, más modestos siempre, charloteamos por los codos sin arte ni reglas, á la buena de Dios.
¿Qué es el parlamentarismo, sino un diálogo perpetuo, incansable, morboso, una conversación fatigosa y perenne,
que baja de las Cortes á la taberna, que sube de la taberna al café, que corre por el arroyo, que llena el aire, enrejado de alambres parleros, que se cuela por to¬ das las rendijas, que la sudan redacciones, casinos, ateneos, cámaras, juntas, comités, asambleas?...
¿Qué busca todo ese enjambre que va y viene, entra, sale, se agita en calles y plazas, campos y trenes, oficinas y círculos? Sólo busca una cosa: conversación. Es la borrachera del siglo. Bien puede no haber pan: en habiendo conversación...
¿Conversación de qué, para qué? ¿Para comunicarnos ideas y sentimientos, corno Dios manda? No. Para no comuni¬ carnos nada, sino es la epidemia; para embriagarnos como con bebida insulsa; para matar el tlempo, que cae siempre
sobre el cadáver del sentido común, previamente despachado al otro mundo. Séneca dijo que hablar mucho es señal de poco juicio; pero sería entonces: ahora el que más habla es el más juicio¬ so, ¡Dios mío! Vean ustedes el grano que se saca en limpio de esta inmensa parva de la parlería triunfante. Empleen ustedes cuatro, seis, ocho horas oyendo conversar y, exprimiendo el matalotaje, digan qué sacan de bueno, qué de pro¬ vechoso, qué de nuevo. locuacidad!
Y como resulta que echando todo el tiempo en hablar no tenemos ninguno para aprender, se oye cada paralogismo, cada burrada hablando claro, que tiem¬ bla hasta el pavimento.
Loquaces linphe\\ aguas que murmuran, llamaban los romanos á este vano parloteo de la muchedumbre. Eso parece; ruido de agua corriente, que ni en¬ seña ni sirve ni se fija.
La pobreza léxica correspondiente á la falta de estudio del idioma, no nos estorba nada. Para eso están las soco¬
rridas muletillas: «que si fué, que si vi¬ no,» «si pitos si flautas.» «¿me entiende usted?»... Con esto, un par de ajos y otro par de refranes, todo español puede estar hablando las veinticuatro horas del día.
Asunto, no lo necesitamos. Todos los días sale el sol, y como unas veces hay nubes, otras no las hay, ahora se siente calor, luego frío, ya llueve, ventea, true¬ na ó cae granizo, con esto tenemos bas¬ tante para darle á la lengua. Más saliva tiene la meteorología á su costa, que arenas tienen los mares.
Amistad ó conocimiento al menos con las personas para hablar, tampoco hace falta. Aunque estemos en un campo so¬ los ó en un tren que va á todo vapor, en columbrando á un prójimo se nosalegra el alma; ¡ya cayó que hablar!
Si es de corteza vulgar, se le pregunta: «buen amigo, ¿para dónde se cami¬ na?» Si es más apersonado se le ofrece un cigarrillo; si va fumando se le pide lumbre. Y ya está pegada la hebra. En seguida viene el consabido disparo á quema-ropa:—esa cara no me es desconocida...—Yo también quiero recordar... Y comienza un endiablado ejercicio de mnemotecnia para caer en si se han visto alguna vez, siquiera sea en la co¬ rrida de toros, uno en el tendido de sol y el otro en el de sombra. Si recuerdan algo semejante, tan amigos como Cas¬ tor y Polux.
Un poco se hablará del tiempo; daránse mutuamente noticia fiel y cir¬ cunstanciada del frío, y del calor como si entrambos no lo supieran por expe¬ riencia propia.
Saltará después la política, tema in¬ agotable y semillero de lugares comu¬ nes; vendrán luego todas las menuden¬
cias del día hasta que por sus pasos contados, si antes no forzaron él punto, vengan en conocimiento de la población en que cada uno vive. ¡Hombre! ¿Del pueblo X? Allí conozco á fulano.—¿Si? ¡qué casualidad! Y como entre los dos no hay nada común más que fulano, lo desmenuzan, lo zarandean, lo acribillan á fuerza de preguntas, respuestas, noti¬ cias, comentarios... Siempre hay un ino¬ cente fulano que hace la costa de estos encuentros.—¿Se casó? ¿Bebe todavía? ¡Conque se le murió un mulo! ¡Miren la suegra! ¿Pero ese hombre dónde tenía los ojos? Siempre fué bueno, pero torpón... En casa de mi prima nos reíamos las tripas con sus cosas.
Bien pueden ir los interlocutores á San Petersburgo, que hasta allí irá fudes en el saco y no acabándose las ganas de charlar, forzosamente habremos de acudir al embuste y la patraña para que la máquina no pare. La charlatanería engendra soberbia y vanagloria y ambición, y de esto á la envidia no hay más que un paso. Trae de la mano á la pereza, porque al fin es más cómodo charlar á tontas y á locas que trabajar sea en lo que sea. La pereza llama á la escasez, la escasez al disgusto, el dis¬ gusto anula toda iniciativa prudente; todo esto, la guerra y el malestar en las familias, amén del odio y enemistad con el prójimo que la costumbre de murmu¬ rar trae consigo, y, por último, el gran pesar de una muerte obscura tras vida estéril, agostada por una más estéril é importunísima parlería.
Villalobos conoció bien este vicio cuando tanto cargó la mano sobre él en su hermoso Tratado de las tres grandes.
Si abajo no vemos más que esto, arri¬ ba no hay otra cosa. ¿Qué hacen nues¬ tros Gobiernos? Hablar. ¿Qué hacen las Cortes? Hablar. Nosotros nos desquita¬ mos del mal que nos cansan, hablando más y peor que Cortes y Gobierno. El verbo humano no ha podido llegar á más bajos menesteres.
A veces sueño con una humanidad

Más bien que á mis lectores, dedico á mis lectoras este retazo, pues si bien es cierto que la higiene y limpieza de la boca es indispensable á ambos sexos, el llamado sexo débil ó bello cuida más de
 efectuarlo.
Si la boca en la mujer es, como dijo el poeta —nido de besos—la entrada al Paraíso—rubí partido por gala en dos, etc. etc.,- fácilmente se comprenderá que una boca y una dentadura poco limpia y mal cuidada no es digna de merecer semejantes epítetos.
Claro es que los dientes en la mujer e® una de las galas de su belleza, y esto, que las mujeres lo saben asazmente, ha¬ ce que cuiden con esmero esa joya física de sus naturales encantos.
Aparte de esto, una dentadura descuidada y sucia ocasiona siempre molestias, odontalgias terribles y caries que terminan con la destrucción y caída de los dientes y muelas; por .eso se comprende que la cuarta plana de los perió
dicos ostenten anuncios de elixires y polvos dentífricos, pregonados de gran fama pura limpiar la dentadura y conservarla sana.
A decir verdad, hay muchos muy buenos, pero no lie de citarlos aqui, pues mis retazos no «e incluyen en la sección 
muda, llena de dignidad en el gesto, trabajadora y severa, realizando su des¬ tino en el seno de un grandioso silencio. Sería contemplativa por fuerza, in¬ vestigadora por estímulo propio; mira¬ ría cara á cara la enormidad augusta de la Naturaleza, y ¡ya encontraría fulgo¬ res en los ojos para difundir ideas! La palabra es un tesoro... ¿quién daría tesoros á los imprudentes y á los fatuos?

de reclamos, y sí sólo aconsejaré á mis lectoras que limpien y cuiden su boca de la manera siguiente:
Para conservar siempre limpia y hermosa la dentadura, basta que á diario, y una vez por la mañana, se laven los dientes con un cepillo suave, humedecido en agua y frotado previamente en un trozo de jabón blanco de Castilla, y se enjuague después toda la dentadura con otro cepillo impregnado en una disolución hecha con agua y bicarbonato de 
ya hoy día nadie dice «así lo calló fulano,» sino «así lo dijo fulano,» ordena
sosa puro.

Dice Quevedo en su donosa Premáti- 
ca del tiempo: Item, porque vemos que 


 
Este es el mejor dentífrico que se co¬

mos haya cátedra para callar como las 
noce: con el jabón se limpian y blanquean los dientes, y con el agua bicarbonatada se evita que el esmalte se des¬-

hay para hablar.»



Los griegos tenían esa cátedra. Sócra¬ 

tes y Platón es lo primero que enseña¬ gaste y se llene de sarro.

ban: á callar. Filósofos parlanchines no

Aparte de esto, para que la boca esté

los ha habido nunca.

siempre fresca, exenta de olores desagra-

Si encargamos á cualquiera de hacer dables y en perfectas condiciones higié¬

el análisis ó la síntensis de algo que no nicas. débese usar después de cada co¬

sabe ni conoce ¡qué de disparates sal¬ mida un enjuague hecho en la forma

drán! Pues esto hacemos todos... La con¬ siguiente:

versación más insignificante es análisis ó síntesis de algo que el no conocerlo no nos sirve de obstáculo para la opera¬
ción.
La antigüedad pagana nos dejó la sobriedad como una gloria.“El oráculo no hacía discursos. La experiencia y Ja ra¬
zón s* atrincheraban en el aforismo: la idea tomó del, arte el «desnudo:» el arte tomó de la idea el resplandor... el héroe

De mentol.

.

.

.

.

... i gramis,

De agua destilada , . 160 . »

De alcohol de 34° . .' 80

»

De esencia de clavo. .

6 gotas.

De esta poción se verterá rnedia. cn-

charadita (de las de tomar café) en me¬ dio vaso de agua ligeramente tibia, con

la cual deberá enjuagarse bien la boca,

como dejo expresado, después de cada

comida.,

se revelaba en el gesto,, en el grito, en la caída olímpica con que estremecía el suelo de la patria.
¿Habéis visto nada más concisamente hermoso que la predicación de Jesús, y al par. nada más vibrante, más tierno, más humano? ¿Concebiríais á Jesús pronunciando discursos ante Pilatos?—

A esto simplemente queda reducida la perfecta higienización de Ja boca; si mis lectoras siguen mis consejos, verán siem¬ pre sus dientes más blancos que. el azú¬ car de Ultramar y más pulimentados que las perlas del Oriente,
Doctor Corral y MaírA,

¿Quién eres?—Soy el que soy.—¿Qué predicas?—La Verdad.»

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:: Sóller. Setmanari d’informació local :: Biblioteca Digital de les Illes Balears (uib.es)