Jose Menéndez Novella y Leopoldo Lugones
» …..
Pasamos así, un poco a zancadas, por la etapa lugoniana entre 1890 y 1896,
período muy singularmente intenso de su vida. Pero alli está la justificación
de muchas de sus actitudes posteriores. Este muchacho de diecisiete años,
pertenece a una familia pobre, que vive en la orilla de un arrabal cordobés,
y cuyos miembros no asoman en las instancias sociales y gubemativas con
el relieve de los núcleos familiares de la clase dirigente que moviliza todos
los resortes de la provincia. Andador por la ciudad, embebido en las lecturas
del racionalismo, como él dirá luego, no tiene empacho en sumarse a los que
gritan “la negación de Dios. de la Patria, del Deber. . .” y reconocerá que “fue
el error que muchos adoptamos en la adolescencia. . .” Frente a las desigualdades sociales, se ha dicho que “la savia pagana de sus ideas y la filosofia
de la época le proporcionaron las primeras hipótesis de la solución” 1°.
Esa interrogación a su espíritu, esa comprensión de la ácida realidad que
le rodea, y que otros insisten en no querer mirar, tiene sus gradaciones. Si los
pálidos rastros de enseñanzas con sabor cristiano estaban en su alma, la presencia gruñona de claras injusticias sociales le lleva a modificar su conducta.
El niño temeroso de Dios se transforma en el joven arrebatado que se exaspera
en el sector contrario. El agravio del resentimiento lo lleva a ubicarse en la
búsqueda casi desesperada de una desembocadura para los problemas de su
hora. Lo que otros callan, él lo dice. Proclama en arrebatos poéticos, lo que
diez años más tarde Juan Bialet Massé denunciará ásperamente en su informe
sobre la clase obrera en el interior del país. Sin ser un trabajador manual
se unirá a un grupo de ellos. Se acostumbra al gesto desabrido frente a una
sociedad pagada de sus oropeles de lujo y de sus infatuadas manifestaciones
de rancias genealogias, y a cuyo brillo él tampoco escapará, pasado cierto
tiempo, cuando esté de regreso en muchas de sus ideas. El cristianismo en aquel
trance de la existencia de Córdoba no es para él una adecuada contestación.
Su fogosidad juvenil agrede a todo cuanto tiene matiz dogmático. En las páginas
del diario La Patria, que Angel F. Avalos funda en 1894, se adiestra en el
periodismo y larga denuestos contra el presbítero Eleodoro Fierro, quien le
acusa criminalmente. Funda con González Luján el periódico El Pensamiento
Libre, en 1893. Lo convierte en cauce de su revuelta acción. Su tono convence
a no pocos. El 21 de setiembre de 1895, La Patria dirá:
Lugones está predestinado a ser una de las figuras más salientes de la generación que se levanta. si continúa en el camino que se ha trazado, firme en sus ideas v en su fe. ¡r
9 Compilación de leyes, decretos, etcétera… de la provincia de Córdoba. t. 20, p. 340,
Córdoba, 1894.
10 AGUSTÍN DÍAZ Braun‘, Leopoldo Lugones, génesis y proceso, Córdoba. 1940.
Sigue publicando también en La Libertad sus artículos con el seudónimo
de “Gil Paz”. Suelta sus dardos contra los redactores de La Aurora, en 1894,
el católico periódico de José María Vélez. Se exaspera ante las apreciaciones
que Alfredo Menéndez N ovella —que firma con el seudónimo de “Gil Guerra”—
hace sobre la fpndación, en 1895, del “Centro Socialista”. La entidad la crea
Lugones. Están con él González Luján, César Nicoletto, Pedro Linossi, Nícolás Quaranta, Juan B. González y otros. Hasta su hermano Santiago, que
es casi un niño. Declara en La Libertad, que pertenece “al gremio obrero, ya
que no cuento con otros medios de vida de los que pueden darme mis brazos
y mi cabeza . . .” Ya el año anterior, La Patria a1 decir el 3 de julio que en la
calle Santa Rosa —donde tiene su casa Lugones—, se había establecido un club
socialista, reflexiona: “Córdoba no necesita esa escuela para ser“ desgraciado
y mucho menos para ser felíz”. Y Lugones se trenzó en una polémica iracunda. Y apoya la huelga de los panaderos.
Le gusta probarse en el combate. No se detiene ante ningún reparo familiar ni le importa que muchas puertas se le vayan cerrando en Córdoba. En
su hogar también se enciende la controversia. Hasta por motivos económicos,
don Santiago se topa ríspido con algunos parientes. Leopoldo, en 1895, se va a
una incipiente localidad cordobesa, San Francisco. Menéndez Novella lo azuza
desde lejos. No se contiene. Publica dos cartas en La Patria. Una está firmada
el 19 de mayo, día que le habrá recordado el zipizape que armó en Córdoba
pocos años antes. Y dice: “Quiso un día la suerte confinarme en esta Colonia,
entre coles y lechugas, trigos y linos; desde entonces di de mano a todas mis
tareas intelectuales”. En efecto, fue a servir en una escribanía, pero recogió
impresiones ambientales que reflejará bellamente cuando tenga que cantar a
los ganados y las mieses.
Las dos cartas son un espumarajo de rabia contra el clero, y con exasperación llamará a Menéndez Novella, “alquilón de oficio”. Le largará una estocada a fondo al proclamar:
Yo creo en el bien de mañana, soy un combatiente de la aurora, y, me gloria
de afirmarlo; ya tienen algo de qué agradecerme los oprimidos.
Y el esmirriado y juguetón redactor de Los Principios le responderá con
una poesía impregnada de corrosiva sátira. Es otra de las veces que en el
rebote de sus mandobles, alguien lo zahiere. Le ocurrirá también cuando redacta su sección periodística titulada Asueto de los jueves. Armengol Tecera,
el punzante director de La Carcajada, le dirá que se ha quedado en ayunas,
y agrega:
…Y es claro que así suceda, / porque escribe en tal estilo / que no puedo comprenderlo/ por más que me despabilo.
Lo azuzará diciendo que prefiere un dolor de muelas a esas columnas
del diario:
. . . Y es claro, porque al fin, / el dolor de muelas pasa / y los asuetos aquellos / me
tienen enfermo, en casa…
golpean con la burla. ‘ Es un típico recurso cordobés: cuando no pueden tajearlo de frente, lo
108
Son los días en que Lugones es asfixiado por el ambiente de Córdoba.
Su socialismo, con fuertes sedimentos anarquistas, es intolerable para los círculos dominantes. Hasta el propio diario La Libertad, donde él colabora, le
endilga tremendos guantazos y hace causa común con Los Principios, vocero
del catolicismo y ligado estrechamente a la burguesía terrateniente y con los
personajes que manejan la industria y el comercio, sectores donde estaban provocando serias distorsiones las acometidas de los trabajadores. Su genio vivo,
encarador, no puede extrañar. Cada raspadura la devuelve con un latigazo.
Junto a Lugones hay, entre otras, una palabra consejera de alguien que
ha sido su profesor monserratense y cuya amistad continúa: don Javier Lazcano Colodrero. Le ha guiado desde su iniciación por los senderos literarios.
Como a Joaquín V. González. Es conocido que escribió el prólogo para el primigenio libro de Lugones que nunca se publicó, Primera Lira. Ese prólogo
si se dio a conocer en La Prensa de Buenos Aires el 24 de octubre de 1894,
examinándose con agudeza la personalidad del joven poeta. Es la primera
mención de sus poesías en la capital de la república. Lamentablemente, el
artículo quedó perdido en un silencio de décadas. En cambio, se ha extremado
hasta la exageración la carta que en febrero de 1896 le dio Carlos Romagosa,
admirado por la juventud liberal de Córdoba, a Lugones cuando éste decidió
venir a Buenos Aires. Romagosa no hizo sino reiterar en mucho los conceptos
de Lazcano Colodrero. Pero hay más: cuando Lugones llega a la Capital Federal se desplaza rápidamente en el terreno ideológico y literario, encontrando
fácil camino. Más allá de los elogios contenidos en los dos documentos antes
mencionados el recién llegado tenía un aval imponderable que le abre, yo no
lo dudo, las puertas del diario La Nación, donde Roberto Payró, socialista como
él, entre otros, lo recibirá con beneplácito. Aquel pasaporte es el recuerdo de
alguien que fue redactor de vara alta en el diario de Mitre y gozó de su protección y estímulo. Era Benigno Lugones, tío de Leopoldo, el autor de Los
beduinos urbanos, fallecido en París en 1884. Fue la recordación de aquel, sin
desmedro de las condiciones del poeta, algo realmente clave para que se lo
recibiera con inocultable afecto en la redacción de La Nación.
Aquí se cierran estos primeros veintidós años en la vida de Lugones. Muchos de sus signos transmitieron su influjo al posterior camino. Santiago del
Estero y Córdoba quedan como dos hitos imborrables. De esa época le llegaban
no pocas de sus costumbres, como las de pitar fuerte, levantarse —-como dirá
años después— “entre seis y media y siete de la mañana; tomar media docena
de mates, mientras leo el diario, y luego me pongo a trabajar…” 11 Esta
prieta relación es apenas un apunte de lo mucho que puede decirse de ese
tramo de la existencia lugoniana. Alli quedaron las raíces de su genio indomable, de su contrariedad irritable ante la injusticia social, su impresionante
capacidad de trabajo, su inspiración de encendida belleza y el febril acento de
sus pasiones. Sobre todo, nos ayudó a ubicarlo en el paisaje que él amó, y
cómo a pesar de los prejuicios, los atajos y las inclemencias que lo quisieron
sacudir hasta tumbarlo, de allí arrancó esa gran palabra suya, trascendente
y total.…. «
11 Con Leopoldo Lugones, Caras y Caretas, año XIX, Buenos Aires, 30 de setiembre de 1916.
10
BaANH47985_Boletín_de_la_Academia_Nacional_de_la_Historia_XLIX_1976.pdf
















Sentado, a la derecha, Jose Menéndez Novella
Deja un comentario