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Pasamos así, un poco a zancadas, por la etapa lugoniana entre 1890 y 1896,
período muy singularmente intenso de su vida. Pero alli está la justificación
de muchas de sus actitudes posteriores. Este muchacho de diecisiete años,
pertenece a una familia pobre, que vive en la orilla de un arrabal cordobés,
y cuyos miembros no asoman en las instancias sociales y gubemativas con
el relieve de los núcleos familiares de la clase dirigente que moviliza todos
los resortes de la provincia. Andador por la ciudad, embebido en las lecturas
del racionalismo, como él dirá luego, no tiene empacho en sumarse a los que
gritan “la negación de Dios. de la Patria, del Deber. . .” y reconocerá que “fue
el error que muchos adoptamos en la adolescencia. . .” Frente a las desigualdades sociales, se ha dicho que “la savia pagana de sus ideas y la filosofia
de la época le proporcionaron las primeras hipótesis de la solución” 1°.
Esa interrogación a su espíritu, esa comprensión de la ácida realidad que
le rodea, y que otros insisten en no querer mirar, tiene sus gradaciones. Si los
pálidos rastros de enseñanzas con sabor cristiano estaban en su alma, la presencia gruñona de claras injusticias sociales le lleva a modificar su conducta.
El niño temeroso de Dios se transforma en el joven arrebatado que se exaspera
en el sector contrario. El agravio del resentimiento lo lleva a ubicarse en la
búsqueda casi desesperada de una desembocadura para los problemas de su
hora. Lo que otros callan, él lo dice. Proclama en arrebatos poéticos, lo que
diez años más tarde Juan Bialet Massé denunciará ásperamente en su informe
sobre la clase obrera en el interior del país. Sin ser un trabajador manual
se unirá a un grupo de ellos. Se acostumbra al gesto desabrido frente a una
sociedad pagada de sus oropeles de lujo y de sus infatuadas manifestaciones
de rancias genealogias, y a cuyo brillo él tampoco escapará, pasado cierto
tiempo, cuando esté de regreso en muchas de sus ideas. El cristianismo en aquel
trance de la existencia de Córdoba no es para él una adecuada contestación.
Su fogosidad juvenil agrede a todo cuanto tiene matiz dogmático. En las páginas
del diario La Patria, que Angel F. Avalos funda en 1894, se adiestra en el
periodismo y larga denuestos contra el presbítero Eleodoro Fierro, quien le
acusa criminalmente. Funda con González Luján el periódico El Pensamiento
Libre, en 1893. Lo convierte en cauce de su revuelta acción. Su tono convence
a no pocos. El 21 de setiembre de 1895, La Patria dirá:
Lugones está predestinado a ser una de las figuras más salientes de la generación que se levanta. si continúa en el camino que se ha trazado, firme en sus ideas v en su fe. ¡r


9 Compilación de leyes, decretos, etcétera… de la provincia de Córdoba. t. 20, p. 340,
Córdoba, 1894.
10 AGUSTÍN DÍAZ Braun‘, Leopoldo Lugones, génesis y proceso, Córdoba. 1940.


Sigue publicando también en La Libertad sus artículos con el seudónimo
de “Gil Paz”. Suelta sus dardos contra los redactores de La Aurora, en 1894,
el católico periódico de José María Vélez. Se exaspera ante las apreciaciones
que Alfredo Menéndez N ovella —que firma con el seudónimo de “Gil Guerra”—
hace sobre la fpndación, en 1895, del “Centro Socialista”. La entidad la crea
Lugones. Están con él González Luján, César Nicoletto, Pedro Linossi, Nícolás Quaranta, Juan B. González y otros. Hasta su hermano Santiago, que
es casi un niño. Declara en La Libertad, que pertenece “al gremio obrero, ya
que no cuento con otros medios de vida de los que pueden darme mis brazos
y mi cabeza . . .” Ya el año anterior, La Patria a1 decir el 3 de julio que en la
calle Santa Rosa —donde tiene su casa Lugones—, se había establecido un club
socialista, reflexiona: “Córdoba no necesita esa escuela para ser“ desgraciado
y mucho menos para ser felíz”. Y Lugones se trenzó en una polémica iracunda. Y apoya la huelga de los panaderos.
Le gusta probarse en el combate. No se detiene ante ningún reparo familiar ni le importa que muchas puertas se le vayan cerrando en Córdoba. En
su hogar también se enciende la controversia. Hasta por motivos económicos,
don Santiago se topa ríspido con algunos parientes. Leopoldo, en 1895, se va a
una incipiente localidad cordobesa, San Francisco. Menéndez Novella lo azuza
desde lejos. No se contiene. Publica dos cartas en La Patria. Una está firmada
el 19 de mayo, día que le habrá recordado el zipizape que armó en Córdoba
pocos años antes. Y dice: “Quiso un día la suerte confinarme en esta Colonia,
entre coles y lechugas, trigos y linos; desde entonces di de mano a todas mis
tareas intelectuales”. En efecto, fue a servir en una escribanía, pero recogió
impresiones ambientales que reflejará bellamente cuando tenga que cantar a
los ganados y las mieses.
Las dos cartas son un espumarajo de rabia contra el clero, y con exasperación llamará a Menéndez Novella, “alquilón de oficio”. Le largará una estocada a fondo al proclamar:
Yo creo en el bien de mañana, soy un combatiente de la aurora, y, me gloria
de afirmarlo; ya tienen algo de qué agradecerme los oprimidos.
Y el esmirriado y juguetón redactor de Los Principios le responderá con
una poesía impregnada de corrosiva sátira. Es otra de las veces que en el
rebote de sus mandobles, alguien lo zahiere. Le ocurrirá también cuando redacta su sección periodística titulada Asueto de los jueves. Armengol Tecera,
el punzante director de La Carcajada, le dirá que se ha quedado en ayunas,
y agrega:
…Y es claro que así suceda, / porque escribe en tal estilo / que no puedo comprenderlo/ por más que me despabilo.
Lo azuzará diciendo que prefiere un dolor de muelas a esas columnas
del diario:
. . . Y es claro, porque al fin, / el dolor de muelas pasa / y los asuetos aquellos / me
tienen enfermo, en casa…
golpean con la burla. ‘ Es un típico recurso cordobés: cuando no pueden tajearlo de frente, lo
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Son los días en que Lugones es asfixiado por el ambiente de Córdoba.
Su socialismo, con fuertes sedimentos anarquistas, es intolerable para los círculos dominantes. Hasta el propio diario La Libertad, donde él colabora, le
endilga tremendos guantazos y hace causa común con Los Principios, vocero
del catolicismo y ligado estrechamente a la burguesía terrateniente y con los
personajes que manejan la industria y el comercio, sectores donde estaban provocando serias distorsiones las acometidas de los trabajadores. Su genio vivo,
encarador, no puede extrañar. Cada raspadura la devuelve con un latigazo.
Junto a Lugones hay, entre otras, una palabra consejera de alguien que
ha sido su profesor monserratense y cuya amistad continúa: don Javier Lazcano Colodrero. Le ha guiado desde su iniciación por los senderos literarios.
Como a Joaquín V. González. Es conocido que escribió el prólogo para el primigenio libro de Lugones que nunca se publicó, Primera Lira. Ese prólogo
si se dio a conocer en La Prensa de Buenos Aires el 24 de octubre de 1894,
examinándose con agudeza la personalidad del joven poeta. Es la primera
mención de sus poesías en la capital de la república. Lamentablemente, el
artículo quedó perdido en un silencio de décadas. En cambio, se ha extremado
hasta la exageración la carta que en febrero de 1896 le dio Carlos Romagosa,
admirado por la juventud liberal de Córdoba, a Lugones cuando éste decidió
venir a Buenos Aires. Romagosa no hizo sino reiterar en mucho los conceptos
de Lazcano Colodrero. Pero hay más: cuando Lugones llega a la Capital Federal se desplaza rápidamente en el terreno ideológico y literario, encontrando
fácil camino. Más allá de los elogios contenidos en los dos documentos antes
mencionados el recién llegado tenía un aval imponderable que le abre, yo no
lo dudo, las puertas del diario La Nación, donde Roberto Payró, socialista como
él, entre otros, lo recibirá con beneplácito. Aquel pasaporte es el recuerdo de
alguien que fue redactor de vara alta en el diario de Mitre y gozó de su protección y estímulo. Era Benigno Lugones, tío de Leopoldo, el autor de Los
beduinos urbanos, fallecido en París en 1884. Fue la recordación de aquel, sin
desmedro de las condiciones del poeta, algo realmente clave para que se lo
recibiera con inocultable afecto en la redacción de La Nación.
Aquí se cierran estos primeros veintidós años en la vida de Lugones. Muchos de sus signos transmitieron su influjo al posterior camino. Santiago del
Estero y Córdoba quedan como dos hitos imborrables. De esa época le llegaban
no pocas de sus costumbres, como las de pitar fuerte, levantarse —-como dirá
años después— “entre seis y media y siete de la mañana; tomar media docena
de mates, mientras leo el diario, y luego me pongo a trabajar…” 11 Esta
prieta relación es apenas un apunte de lo mucho que puede decirse de ese
tramo de la existencia lugoniana. Alli quedaron las raíces de su genio indomable, de su contrariedad irritable ante la injusticia social, su impresionante
capacidad de trabajo, su inspiración de encendida belleza y el febril acento de
sus pasiones. Sobre todo, nos ayudó a ubicarlo en el paisaje que él amó, y
cómo a pesar de los prejuicios, los atajos y las inclemencias que lo quisieron
sacudir hasta tumbarlo, de allí arrancó esa gran palabra suya, trascendente
y total.


11 Con Leopoldo Lugones, Caras y Caretas, año XIX, Buenos Aires, 30 de setiembre de 1916.
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BaANH47985_Boletín_de_la_Academia_Nacional_de_la_Historia_XLIX_1976.pdf



Redactores de «Los Principios»
Sentado, a la derecha, Jose Menéndez Novella
“Dimes y diretes”


Redactores de “Los Principios” con José Menéndez Novella (sentado a la derecha), quien era tan pequeño como grandes sus creaciones que divirtieron a los lectores de 1900.

Efraín U. Bischoff

Especial

Gil Guerra”. ¿Y quién era el periodista de hace una centuria que con escudo de ese seudónimo escondía su verdadero apelativo?… José Menéndez Novella, un español de esmirriado cuerpo pero de jocundo espíritu. Y nada digamos de su manera de enfocar los asuntos que se le ponían a tiro. Sus perdigonadas eran para voltear al enemigo más audaz, claro que haciendo revolotear una bandada de sonrisas para entretener a sus lectores.

Su biografía tiene matices insuperables, pero no la hemos de abordar y simplemente digamos que en esta Córdoba dejó los rastros de su personalidad juguetona y mordaz, puesto que a él le agradaba ese estilo y era de temerle cuando asumía seriedad.

Luego de haber recalado en nuestra ciudad y de estar dispuesto a ganarse honradamente la vida, se metió en las columnas periodísticas y con el apodo de “León Floch” estuvo en un diario de Antonio Rodríguez del Busto, en 1890. Más tarde se pasó a la publicación de los “Cívicos”, La Libertad, para luego ser uno de los incorporados a la redacción del nuevo diario Los Principios, que salió en 1894. Además de notas de diverso carácter tuvo la ocurrencia de inventar una sección titulada “Dimes y diretes”, donde en verso libre comentaba los temas más dispares, enarbolando siempre su buen humor.

Esto de colaborar en publicaciones de variada fibra ideológica, le dio motivo a Leopoldo Lugones, cuyo modo de despistar su presencia era llamándose “Gil Paz”, para calificar en una oportunidad a Menéndez Novella como “alquilón de oficio”, anotación que tuvo la réplica que es de imaginar…

De la suerte

No nos hagamos problemas con la cronología en esto que anhela ser un amable recuerdo de una lejana imagen de la prensa mediterránea. Tomemos, pues, al azar. Y el 20 de enero de 1899, bajo el título “La suerte ciega”, encontramos esta nota:



“… Yo soy Merlín, aquel que las historias

dicen que tuvo por su padre al diablo,

y como hombre de seso y de experiencia,

debes hacerme caso y echar la lotería a paseo Pifartos.

“La suerte es ciega, como saben todos,

inclusive los sabios.

Y ningún zascandil hizo fortuna

con números lotéricos ganados.

No hay mejor Lotería, mi querido hijo,

o nieto, que el trabajo.

“Tu padre, como tú en la Lotería

creía necio y cándido

y compraba billetes y billetes

siempre del mismo número

durante dieciocho años.

El número elegido por tu padre,

era el 6534;

pues bien, ni una sola vez ,

premióse en dieciocho años”.



Cuenta luego Menéndez Novella (en este caso Gil Guerra) que el hombre cayó enfermo y el médico dijo que moriría sin remedio, y el relato sigue así:



“Cuando vinieron a ofrecer su número,

que era el 6534,

no quisimos ninguno comprarlo.

Pues bien, a los tres días,

al hacerse el sorteo,

vimos que había sido aquel billete

el mayor premiado.

Oh, ironías malditas de la suerte

hija ciega y malvada del acaso…”.

Pausa. El chico mirando al abuelito.

un rato se quedó reflexionando.

¿De qué edad murió papá?…

De treinta y seis y meses.

Pues él tuvo la culpa

de que el premio mayor no le ha tocado.

Si empezado hubiera él a jugar la Lotería

a los catorce años,

cuatro años antes de morirse,

es evidente que le hubiese tocado.

Por eso quiero yo empezar ahora

aunque soy tan muchacho.

Y Gedeón quedó como un babieca,

pálido, estupefacto,

sin saber contestar y él presumía

nada menos que ser hijo del diablo”.



De políticos

Por aquellos días del 1900, el doctor Carlos Pellegrini había emprendido viaje a Europa, embarcándose en el puerto de La Plata y ante sus correligionarios que fueron a despedirlo, declaró que iba a París para recorrer la gran exposición que se realizaba.

“Gil Guerra” no pudo con su genio, y endilgó el 19 de agosto de 1900, este “Dimes y diretes”:



“Se marchó Pellegrini al otro mundo,

aunque no se murió;

quise decir que se ha marchado a Europa

creo que a visitar la Exposición;

y al partir ha dejado a sus amigos

expuestos a los golpes de calor,

vale decir a las insolaciones

que así debe decirse en español

¿Qué harán esos amigos sin el leader (sic)

que les prestaba apoyo y protección?

¿Qué harán estando ausente Pellegrini,

que es para ellos el sol?”



Y enseguida escribía “Gil Guerra”:



“¿Qué harán?…

Pues mesarse los cabellos doloridos

y ahogarse de aflicción

y mirando a La Plata decir tristes:

¡Por allá se partió!…

Pero, ay, que los partidos serán ellos

y no por gala en dos.

Llorad, tristes mujeres de Judea,

con el llanto amenguad vuestro dolor.

Llorad, vacunos de curtido rostro

pues se marchó el Santón …

Resuenen en los aires por doquiera

los ecos, ay, de plañidera voz,

que al mirar a La Plata entre sollozos

gima: por allí partió

Feliz en su dolor el que ha podido

bajar a despedirlo a la estación

y agitando el pañuelo de batista

dijo el gran hombre: adiós, adiós, adiós…

Vuelva pronto al regazo de la Patria

que gime por su ausencia con dolor,

el estadista Insigne,

el de las liebres

financieras ilustre guiador,

después de visitar tranquilamente

en París a la gran Exposición!”.



No debió ser “Gil Guerra” hombre de aplaudir al doctor Pellegrini y como poco le costaba entrelazar las rimas, largó ese cañonazo de muy aguda ironía.

Un duelo

Pero a nosotros no nos queda otro camino que seguir hojeando viejas páginas amarillentas para encontrar otro de los “Dimes y diretes” de este periodista. Y con suerte encontramos el 2 de mayo de 1901, uno que dice de este modo:



“Ha ocurrido una vez, no importa dónde,

en cierto lugar, no importa cuándo

según comunica la crónica de un diario,

que dos jóvenes de bien, de gran coraje,

pero de pocos años

por cuestión de las faldas de un niña

que en aquella ocasión no iba aún de largo,

buscaron sus padrinos,

aunque a la fecha estaban bautizados,

y decidieron concertar un duelo:

¡un duelo a puñetazos!

El cronista refiere seriamente

ser duelo sin patadas,

revólveres, sables, palos,

Se fueron al terreno los duelistas

de los cuatro padrinos muy ufanos,

contando entre los seis próximamente

unos noventa años”.



Continúa “Gil Guerra” describiendo momentos del lance y en cierto instante hubo una patada y un bofetón debiendo intervenir los padrinos para arreglar el entredicho que amenazaba con subir de tono. Y añade:



«…De nuevo dio principio el gran embate

por cuestión de las faldas de una niña

que no vestía entonces aún de largo.

Uno y otro duelista, uno y otro muchacho,

se pusieron las caras como brevas

a pura trompada, pero viendo uno de ellos

que estaba por vencerlo su contrario

le soltó una patada fuerte y ruda,

que lo tumbó de espaldas a lo largo.

Entonces los padrinos protestaron,

y aunque viendo las cosas muy mal dadas,

los cuatro que servían de testigos

corrieron, lo alcanzaron,

y le dieron tal tanda de cachetes

una ’capota’ tal que ni en un año

se va a olvidar aquel de la patada

de suceso tan triste y tan bizarro”.



Y así, por años, “Gil Guerra”, o José Menéndez Novella, fue atracción para los lectores. Con envidiado gracejo iba teniendo como motivos de inspiración aconteceres de aquellos días, como también a personajes que anclaban por la ciudad cordobesa. Convengamos que en ello hacía competencia a Armengol Tecera, quien con su periodiquín La carcajada llegaba desde 1871 desparramando el más legítimo humor del mundo, hasta que en 1905 debió poner sus amas en pabellón.

Menéndez Novella continuó con su labor de forjar una constante promoción de sonrisas y de “tomar el pelo” como decían los aguantadores de sus crónicas rimadas, a los abogados, a los artistas, a los enamorados, etcétera. Menos al obispo, no fuera a ser que lo fulminara con la excomunión y entonces adiós sus “Dimes y diretes”, y nosotros no habríamos podido evocar a tan simpático personaje del ayer.