ARGENTINA, Puerto de Buenos Aires, 1900.

Edgardo J. Rocca – «El Puerto de Buenos Aires en la Historia II«

De los que visitaron la ciudad de Buenos Aires entre los siglos XVII y XIX, pocos fueron los que al recordar sus impresiones y recuerdos de su paso por el Río de la Plata, no hayan destacado en forma muy especial las nada cómodas características del desembarco en nuestras playas.

Casi todos vieron acicateada, no sin falta de razón, su curiosidad por una maniobra que los llevaban a tierra firme mediante los servicios de un extraño artefacto tirado por altos equinos. Esa forma novedosa valía una mención en sus escritos posteriores, por la inseguridad del traslado, era como un anticipo de la llegada a una ciudad ecuestre, en la cual todo se ejecutaba a caballo. Desde el estanciero, hasta el mendigo, utilizaban este medio de locomoción para realizar sus habituales tareas diarias.

Hasta fines del siglo XIX, el procedimiento que se practicaba para efectuar el desembarco de pasajeros y mercaderías en el Puerto de Buenos Aires se cumplía en dos etapas siendo la primera realizada desde el barco llegado de ultramar, por medio de una barca llamada ballenera, con una pequeña vela, fondo plano y proa y popa iguales, y la segunda etapa se efectuaba con un carro de altas ruedas, fondo de tablas y costados realizados con cañas, tirado por uno o más caballos criollos de alto porte y enorme fuerza.

El Río de la Plata
El lecho del antiguo estuario del Rio de la Plata está formado por una arcilla de gran espesor, más o menos blanda o fluida, dependiendo esto en parte de la presión a que está sometida y al mayor o menor contacto con el agua, siendo por consiguiente, difícil de realizar estudios para cada clase de arcillas. En los terrenos que baña a lo largo de la costa el Río de la Plata como los parajes de La Boca, Barracas, El Retiro y cercanías del Río Lujan, la arcilla es bastante compacta, pero sin embargo cualquier pozo excavado en ella tiene que ser revestido inmediatamente, pues la arcilla comienza a fluir en dirección de la excavación y en pocas horas ésta se cierra. En excavaciones mayores, la arcilla expuesta al sol y al aire, se contrae, da lugar a filtraciones, y se producen escurrimientos por el pie del talud, derrumbes o levantamientos del fondo de la zanja a causa de la presión de los terrenos laterales, muy especialmente después de las lluvias o de las crecientes del río que aneguen esos terrenos.

En enero de 1857, llegó por vez primera a Buenos Aires, el destacado científico alemán Germán Burmeister que en su libro Viaje por los Estados del Plata publicado en 1862, nos describe el Río de la Plata, «La ribera de Buenos Aires es playa, sumamente inclinada, limosa y apenas visible, aun hasta 2 millas de distancia. Al mismo tiempo el río es muy bajo y lleno de bancos de arena, haciendo peligrosa la navegación cerca de las orillas. Por otra parte una costa aun mucho más alta tampoco sería visible desde el medio del río, pues el estuario del Rio de la Plata entre Montevideo y la opuesta Punta Piedras pasa de una anchura de 12 millas alemanas, es decir el doble que el Canal de la Mancha entre Dover y Calais.

Desde esta enorme extensión se va enangostando el estuario común hasta el lugar donde el Paraná y el Uruguay se juntan para formarlo y se reduce a sólo dos terceras partes de su mayor latitud anterior. El Río de la Plata, de acuerdo con su forma, tiene decididamente más bien la apariencia de un golfo que de un río, solamente que la cantidad de agua dulce predominante unida al turbio color del agua, no dejan lugar a duda de que se trata de la desembocadura de un río, aun cuando no se vean ambas márgenes «.

Litografía de Juan León Palliére, circa 1860 «Desembarco con Rio Bajo»

El Puerto de Buenos Aires que vieron los viajeros
Las diversas y variadas relaciones descriptivas que nos han legado los extranjeros en su paso por nuestro país, como fruto de inquietudes espirituales o resultado de observaciones expresamente encomendadas, poseen un valor de trascendencia como importante fuente histórico-documental, ocupando un destacado lugar dentro de la historiografía.
Salvo algunas excepciones, estos relatos no fueron aprovechados en toda su intensidad e importancia, hasta bien entrado el siglo XX. La falta de traducciones adecuadas y la existencia de cierta dificultad en la localización de las primeras ediciones o manuscritos que se encontraban en distintos repositorios oficiales o privados mayoritariamente en el Viejo Mundo hicieron que fuera inaccesible o dificultoso su uso.

Las traducciones adecuadas de unos pocos viajeros fueron publicadas en ediciones que comenzaron a imprimirse en los primeros años del pasado siglo, libros que pusieron de manifiesto el interés que despertaban los relatos sobre nuestra ciudad en los investigadores y los lectores en general deslumhrados por esta nueva y llamativa fuente de información posible de confiar.

El historiador José Luis Busaniche en la década de 1930, utilizó el relato de una docena de viajeros para confeccionar la evolución histórica, alguno de ellos directamente traducidos por el historiador.10 Para Busaniche la importancia del autor extranjero reside en que «ve con más clara visión las cosas autóctonas, por la novedad y el exotismo que representan para él», según lo aclara en el prólogo de su libro Estampas del Pasado. Las informaciones ilustran sobre los sucesos en oportunidades inadvertido y cuando el viajero escritor posee alguna especialidad científica nos destaca con la debida atención las condiciones geográficas, culturales o sociales de una determinada circunstancia de nuestro pasado actuando en forma complementaria del informe oficial.

Otro descubridor, Carlos J. Cordero, intentó un primer ensayo para realizar una clasificación de viajeros del siglo XIX en su directa relación con la historia de nuestro país y Rafael Alberto Arrieta publicó también un libro al respecto.11

Siendo el Río de la Plata uno de los más grandes del mundo, que en su comienzo de ancho estuario tiene 24 millas y 126 al desembocar en el Océano Atlántico, es de costas desiguales en ambas márgenes. Posee una ribera occidental, sobre la costa bonaerense, cenagosa que se desliza en suave pendiente producida por un gran banco de arena que termina en los bajíos de Las Palmas, con una profundidad de 1,80 metros. Debido a esto, hasta la construcción de Puerto Madero en 1889, un barco de 16 pies debía quedar en Buenos Aires a más de cinco mil metros en rada abierta, sin reparo alguno, expuestos a todo los vientos, en particular al temido viento Pampero.

Canales con poca profundidad, vientos y sudestadas temibles en la Rada Exterior, numerosos bancos de arena, agregado a ocho buques hundidos en la Rada Interior, hacían que el Puerto de Buenos Aires fuera llamado por los capitanes infierno de los navegantes.

Desde la época colonial hasta la inauguración del Puerto Madero, los barcos que llegaban, salvo los de pequeño calado, debían fondear en la Rada Exterior. Desde ese lugar desembarcan pasajeros y carga en balleneras y chalupas o barcos de alije, los que a su vez los trasportaban a carretas tiradas por caballos hasta la orilla.

De esta forma se encadenaba la llegada de los viajeros a la costa de la ciudad de Buenos Aires, donde por lo general debían finalizar este periplo en brazos de robustos mocetones para poner sus pies en tierra firme, pues hasta 1855 no había ni siquiera un Muelle de desembarco. Los viajeros de origen inglés fueron mayoritariamente los que dejaron sus observaciones, tal vez como consecuencia del interés comercial primeramente y político después, que despertó en Gran Bretaña el abrupto proceso de emancipación y de formación de las nuevas naciones en la América hispana. De 54 autores que seleccionó Cordero en su libro, 36 son ingleses, 5 norteamericanos, 4 franceses, 3 alemanes, 2 italianos, 2 suizos, uno español I y uno chileno.

Abundante son los relatos de los viajeros que describen el desembarco en nuestro Puerto. Algunos con un dejo de desprecio, otros con susto y varios en forma risueña se han referido al mecanismo primitivo del mismo hasta la construcción del Puerto del Riachuelo por el ingeniero Luís A. Huergo y posteriormente el denominado Puerto Madero inaugurado en 1889.

Un pequeño pero pintoresco relato nos dejó el padre Cayetano Cattáneo quien llegó a nuestras costas en 1729.

 «Para bajar a tierra no se puede ir directamente en barcos a la ciudad, sino que es necesario dar vuelta e ir a arribar en la desembocadura de un riachuelo que descarga en el rio con dos o tres brazas de agua; y esto cuando el río está alto, que cuando baja, entonces ni en el riacho hay agua bastante para pequeños barcos. Así que, para desembarcar, fue preciso esperar que cesase el viento pampero y que creciese el río, hasta que de allí pudieron venir pequeños barcos. Y así pasaron cuatro días hasta la última fiesta de Pascuas, que nos parecieron cuatro años».

Todas estas tribulaciones estuvieron quizás compensadas con el recibimiento que se hizo a los ilustres viajeros. «La playa, llena de gente, ofrecía un bellísimo espectáculo por la diversidad de los vestidos españoles, indios y negros. A esa muchedumbre se agregaban la congregación de los jesuítas que iban precedidos por el Padre Rector, el Gobernador acompañado de la principal nobleza y de los oficiales de la milicia».

Ya en el siglo XIX, de los relatos de viajeros que describieron su desembarco en el Puerto de Buenos Aires, tomemos lo referido por los hermanos Robertson en una de las Cartas de Sud-América, la que lleva el número 42, en 1810:

Grabado de Emeric Essex Vidal de 1820. The Landing Place.

«Nada sorprende más al llegar por primera vez a Buenos Aires que los carros y los carreteros de la ciudad. Los primeros son vehículos de anchos ejes de madera y ruedas enormes, tan altas que solamente los rayos tienen unos ocho pies y se elevan muy por encima de los caballos y del conductor. Este último va montado sobre uno de los animales. Cuatro tablas anchas de madera clavadas entre sí forman un paralelogramo sobre ele eje y a este paralelogramo se agregan cañas de bambú horizontales en el fondo y verticales a los lados, todo lo cual viene a constituir lo que se llama el carro.

El piso del vehículo tiene naturalmente aberturas muy perceptibles y el agua puede subir por ellas con toda facilidad. Las cañas verticales de los lados están a considerable distancia una de otra y sirven para sujetar los cueros que se ponen allí como para proveer de agarraderas al pasajero. La primera impresión que producen estos incómodos y rústicos carros, la experimentamos al desembarcar en la ciudad. Salen arrastrados por los caballos, como casillas de baño, una docena de estos carros, en dirección al hotel (lo mismo que aquí saldrían doce mozos de cordel con los equipajes y los carreras pelean en términos rudos por la preferencia que ha de dárseles para llevar a la costa pasajeros y bultos. Así salen con su carga en el vehículo que va dando tumbos sobre las toscas hasta que de pronto se hunde en un pozo bastante profundo, circunstancia ésta en que podéis estar seguros de salir empapados, porque a pesar de todos vuestros esfuerzos para evitarlo, el agua del río sube e través del piso de cañas y por lo menos el calzado, calcetines y pantalones se mojan inevitablemente.

Y por temor a un vuelco del carro acaba uno por olvidar cuanta precaución pueda tomarse para salvar la vestimenta. Al llegar a la orilla, siéntese deseos de formular una oración de gracias. Y, con todo, es maravillosa la destreza que las carreros exhiben al manejar los carros. Los caballos están atados de la cincha a una lanza corta por una correa de cuero trenzado y solamente con este rudo y sencillo aparejo los carreros de Buenos Aires hacen prodigios en el sentido de ir para un lado y otro, retroceder cuando quieren colocarse en un espacio reducido y avanzar en un camino -como lo hacen en la Aduana-entre una doble o triple fila de competidores».

El comerciante inglés Samuel Haigh relató su arribo en 1817: «Echamos anclas en la Rada Exterior, a siete millas frente a Buenos Aires. La Rada Exterior es fondeadero de los barcos de su Majestad, pues no hay agua en las Balizas Interiores para los buques de mucho calado. El capitán y yo fuimos a tierra en uno de los botes. Como había poca agua, la embarcación pudo solamente aproximarse a un cuarto de milla de la ribera, y me sorprendió mucho este sistema curioso de arribar». «Carretas livianas, tiradas por dos caballos, uno montado por un indio de extraña catadura, se acercaron al bote en busca de los pasajeros «. «El estado desvencijado de estos vehículos construidos de caña y abiertos en el fondo, exponen al ocupante a empaparse entes de alcanzar la orilla, de modo que más bien desalienta que anima, y cuando uno es arrastrado lentamente en el agua hacia la playa, se asemeja más a un criminal la víspera de salir de este mundo, que a un viajero a punto de entrar a una gran capital».

Pocos años después, Emeric Essex Vidal, marino inglés que llegó a pintar numerosos cuadros sobre temas de Buenos Aires, comentó que el río era tan bajo que raramente podían llegar en bote a la orilla, y existían cinco o seis carros constantemente en actividad, con el propósito de desembarcar pasajeros. El pasaje costaba dos reales cada viaje, fuere la distancia grande o pequeña, diciendo: «Algunas veces son unas pocas yardas, mientras que en otras, el carro debe andar un cuarto de milla antes de alcanzar los buques, porque con viento del norte o noroeste, especialmente si soplan fuertemente, el agua se retira de la costa a tal grado, que su fondo queda frecuentemente en seco «.

También el cónsul inglés Woodbine Parish, en su libro Buenos Aires y las Provincias del Río de la Plata nos relata su arribo al Puerto en 1824: «AI amanecer del día siguiente de nuestra salida de Montevideo, arribamos a Buenos Aires. Los buques que calen 15 o 16 pies, tienen que anclar 7 u 8 millas distantes de la ciudad, de donde se distingue muy poco, a menos que el tiempo esté sereno, el desembarco no deja de ser peligroso, especialmente cuando hay neblina, cosa muy común en invierno». «De allí se ve ¡a ciudad en toda su extensión, coronando la lomada o barraca que limita por allí la costa sud del río, viéndose de tal modo que las torres de las iglesias son lo único que interrumpe un nivel tan igual, cono el de las aguas de opuesto horizonte, no hay allí un fondo lejano para el paisaje, nada de montañas, ni bosques; una vasta y prolongada llanura se extiende siempre igual por más de 800 millas hasta la Cordillera de los Andes» y continúa «Nada es más desagradable que el modo de bajar a tierra. Difícilmente puedan los botes encontrar agua bastante para aproximarse a la orilla, viéndose al llegara una distancia de 40 o 50 varas, asaltados por todas partes por carretillas que siempre entran en el río a la espectativa de pasajeros, y cuya forma son en alto grado, características del país».

Refiere que «La salvaje y grotesca apariencia de los tostados carreteros, medios desnudos, jurando y gritando, empujándose unos a otros y azotando sus miserables caballos por entre el agua. En tiempo atrás, había un Muelle que entraba alguna distancia al río, y evitaba una parte de estos inconvenientes, pero se fue desmoronando con el empuje de las aguas, hace años».14

Otro de los viajeros que dejaron impresas sus apreciaciones respecto al Puerto de Buenos Aires en 1852, fue el viajero inglés Williams Hadfield, que publicó un libro en Londres en 1952. He aquí su relato: «En varios aspectos, la apariencia de la ciudad no es muy halagüeña. Después de esperar durante dos horas al oficial, pudimos al fin desembarcar, y ¡que desembarco!, peor, seguramente, que el que encontraron los españoles en su primera visita, porque desde entonces, montones de barro petrificado se han ido acumulando en la orilla, formando verdaderas rocas, y los botes están obligados prácticamente a buscar a ciegas el camino, llegando tan cerca como es posible de la tierra. Más el procedimiento común para el desembarco de los viajeros es el ser llevados fuera del barco en una gran carreta abierta tirada por dos caballos, frecuentemente con el peligroso riesgo de caer al agua y verse empapados «. «Nada más calamitoso que ese desembarco, en una de las más hermosas ciudades de América, que no posee un solo desembarco, Muelle o Dique, aunque sí, un paseo muy hermoso situado en la margen del río y que sirve de solaz, siendo sin embargo muy poco frecuentado».

«La vista del Puerto de Buenos Aires desde las azoteas de las casas es muy pintoresca. Se divisan barcos, tan lejos como alcanza el ojo humano. A la izquierda, hacia Palermo, se levantan numerosas residencias de muy hermoso aspecto; a la derecha, está el antiguo fuerte, luego la Aduana, depósitos de almacenes de diferentes clases; más allá lo que se llama la Boca, entrada de un pequeño río donde gran cantidad de barquichuelos cargan y descargan en perfecta seguridad. Pero algunas veces se dificulta esta operación por la acumulación de arena en la boca del río. Mirando más lejos aún, pueden divisarse cantidades de carretas yendo o viniendo a las pequeñas embarcaciones ancladas, siendo ésta la única manera de que pueda descargarse o cargarse las mercaderías, expuestas desde luego a mojaduras, ya que los caballos marchan casi siempre con el agua hasta el pecho, y las mismas carretas a veces se hunden en el fango. Es asombroso como puede llevarse a cabo cualquier clase de comercio con tanta desventaja» .Xi

También un viajero alemán que arribó a nuestras tierras en 1853, el Duque Paul Wilhel von Wuettemberg, relató su visón que tuvo de Buenos Aires: «En la mañana del 25 de junio, entró el buque a la ciudad. Desde lejos se elevaban los mástiles de los grandes barcos, y en el fondo, en larga y brillante híleta, las torres de las iglesias que se destacaban nítidamente por su perfil característico abarcando de norte a sur nuestra visión, como así también las casas notablemente más bajas que las torres «.

El sabio alemán Germán Burmeister llegó por primera vez a Buenos Aires, como viajero estudioso, el 31 de enero de 1857, a las diez de la mañana y relató su desembarco «…se echa anclas a una distancia considerable de la margen, porque el río es ahí tan bajo, que solo puede ser navegado en botes para alcanzar la orilla. En tiempos el desembarco era asunto difícil y algunas veces peligroso. Había que trasbordarse del buque a un bote y cuando éste se había aproximado lo bastante a la costa, se pasaba del bote a un carro de das ruedas y caballos, que llevaba la gente a tierra…».

Como ya hemos dicho, y como lo demuestra la bibliografía argentina, muchos de los viajeros extranjeros que visitaron nuestro país en el siglo XIX dejaron en libros sus impresiones y observaciones de hechos y costumbres de nuestro Puerto, en particular el tipo de desembarco que se practicaba en él.

Tomamos ahora el relato breve de Thomas Woodbine Hinchliff al desembarcar en el Muelle de Pasajeros en 1861, de su libro Viaje al Plata publicado en Londres en 1863, en el cual nos dice: «Tuve el placer de que me recibiera mi primo Mr. Parish, el cónsul inglés, con quién caminé a lo largo del Muelle de Pasajeros, precedidos ambos por los diligentes negros que llevaban mi equipaje sobre la cabeza. Al extremo del Muelle hay un curioso edificio, semejante a una glorieta o cenador, donde el equipaje de los pasajeros es examinado por los empleados de la Aduana, y en seguida me impresionó gratamente, por el gran comedimento con que se lleva a cabo esa operación. La verdad es que rara vez había sido tan bien tratado en Europa y puedo asegurar, con verdad, que esta favorable impresión se confirmó a diario, y más y más, durante la residencia de varios meses. El general brillo y limpieza de la ciudad llama la atención, sobre todo a los que llegan de la suciedad tropical del Brasil»}6

Este Muelle de Pasajeros inaugurado en 1855, tenía un piso de tablones separados por unos centímetros, lo cual despertaba la tentación de ciertas personas y niños, como lo acontecido el 26 de marzo de 1869 y asentado en el Libro Diario de la Ayudantía del Puerto: «Dos individuos que no quisieron dar sus nombres pagaron 50 pesos de multa por cada uno por hallárseles bajo el Muelle de Pasajeros mirando a las mujeres que paseaban y a don Antonio Bonafuz por igual delito la misma multa. Firmado G. Goyena»}1

La Aduana, el Muelle y el muro de la Alameda (sin firma ni fecha, pero seguramente pintado uno o dos años luego que fuera terminada la Aduana Taylor.

Pero también las que desembarcaban en ese Muelle eran observadas por pequeños como nos relata el subcomisario Adolfo Bario en su libro: «De vez en cuando había algo extraordinario para nuestras diversiones, y era la llegada de inmigrantes, el desembarco se hacia generalmente en la Rada y no por el Muelle de Pasajeros, siendo casual lo hicieran allí, Las tablas del piso para peatones dejaban una abertura más o menos de dos dedos; nosotros, cosas de muchachos, dirigíamos la mirada hacia arriba, en el momento que los llegados se dirigían a la salida, el que primero se encontraba, viniendo de la punta del Muelle del fondo, era el que primeramente hablaba, saliendo con alguna chuscada u ocurrencia más o menos de este alcance: La que pasa tiene medias coloradas, la otra las lleva azules, yo le he visto las piernas; yo no; yo sí; atención muchachos con la que viene…, es gordita, le he visto el c…; yo le visto la…, en resumen, cosa de chiquillos»}*

Creemos que indudablemente la descripción más real, detallada y pintoresca, es la que podemos encontrar en el libro publicado por el español Francisco Javier de Grandmontagne, llegado a nuestras costas en 1866. Este libro publicado en 1896, contiene datos verdaderamente curiosos en el relato de su desembarco, como podremos apreciar: «Sin embargo, la ansiedad por descubrir lo que hay detrás del momento actual no es tanta, como para borrar de la mente los recuerdos. Así, al menos, sucede en la nuestra, y entre los más gratos que conserva figura aquel lejano día del año 66, y sobre todo aquellas horas en que el maltrecho vehículo cuya tabla trasera con pretensiones de puerta ostentaba en gruesas letras trazadas a dedo con pintura verde el nombre de Julio Verne, atravesaba, atestado de pasajeros de ultramar, los últimos escollos y arrecifes del penoso y prolongado viaje».

«El bergantín Bella Elisa, que condujo a los viajeros a través de las oceánicas olas, pertenecía a la matrícula santanderina; pero no sabemos, mientras el ilustre Pereda no lo averigüe, si sus tripulantes eran callejeros o hijos del Sardinero. Por lo tanto, sólo podemos decir que el Bella Elisa echó anclas en aquel punto del río que el curtido capitán creyó favorable al calado de su buque, desde el cual fueron trasbordados los pasajeros, equipajes y mercancías, primero a un lanchan o más bien gabarra, luego a pequeños botes, y de éstos, por fin, y en medio de peripecias sin cuento, a los carros, que entre vociferadas blasfemias de los conductores, gritos de alarma de los conducidos, temerosos a un remojón al volcar el vehículo, chillidos de las asustadizas mujeres y de los chiquillos miedosos, acercábanse a la orilla, salvando los vericuetos y crestas de las Toscas a impulso del medio de locomoción producido por la sangre consistente y fina de los caballos criollos «.

«El mencionado carro, de tosquedad insuperable, era el que sacaba a la orilla el mayor número de pasajeros, valijas, baúles, costales y zurrones con ropa, digna de toda clase de fumigaciones, jaulas, sombreros y cachivaches diversos, pertenecientes a mujeres y hombres, comerciantes, unos, turistas otros y la mayoría infelices inmigrantes que llevaban a la tierra de promisión con gran caudal de ilusiones en el cerebro, los estómagos flácidos, magullados los huesos y miserable el traje que los cubría «.

«Apiñadamente encaramados sobre el vehículo, hasta el punto de invadir la cátedra del conductor, vulgo pescante, veíanse confundidas todas las clases sociales, desde las más altas hasta las más bajas, individuos y hembras de múltiples y variadísimo pelaje, reunidos allí por la imperiosa y niveladora ley de la necesidad que, como la de la muerte, no reconoce categorías, ni premia méritos, ni dispensa favores. Aquel medio de transporte, a semejanza de las ranas, igualmente útil para las faenas marítimas que para las terrestres, era al pasar las Toscas lo que podríamos llamar el carro de la democracia».

«Pertenecía la anfibia nave, como ya lo hemos dicho, a un criollo de 20 a 22 años, agostado por una vida de burda disipación, llena de cara de cicatrices que revelan la existencia de otros más malos que él, aun cuando se esforzara en demostrar lo contrario lanzando calculadamente miradas asesinas, y cimbrase su cintura con gracia de matón, y echara por aquella bocaza de escuerzo toda clase de groserías, bravatas y fanfarronas, adquiriendo posturas temerosas; el cuchillo, con dimensiones de asador, entre las bragas, sujetas a la cadera por un fajín encarnado y hecho jirones; el gacho sombrero pegado a la nuca, como quien desea estar pronto para embestir; detrás de la oreja el apagado cigarrillo, cuya ceniza corríale por la pelusilla del pescuezo, formando con el sudor una chorreada de barro; las manos crispadas y gesticulando tremebundas amenazas contra algún compañero que, más ágil y listo, no consintió atracara Julio Verme el primero a la lancha o a los depósitos de la Aduana «.

«Al pasar las toscas, esta partícula del pueblo mezcla de soez barbarismo y hombruno candor, venía de pie sobre el pescante de su carro, repartiendo furiosos trallazos a los caballos y animosos consuelos a los pasajeros tímidos que conducía, sobre todo a las mujeres, seres inservibles estas andanzas, y cuyos viajes deben limitarse de la cocina a la alcoba, y cuanto más a exhibir el garbo en los paseos, el ingenio chismográfico en las tertulias, y la estética de la coquetería en las tiendas, donde con la curiosidad de su espíritu todo lo resuelven, incluso la forzosa paciencia de los dependientes».

«-¡Pero, amigo, que había sido chillona esta señora! -decía el criollo por una, que con solo salpicarle un poco de agua daba lastimeros alaridos «. «-No alborote tanto señora, que la van a oír dende Montevideo los charrúas. No chiye de esta manera, y agárrese de su esposo, que él le sujetará esos niervos de bagual asustadiso. Si no se fia de su esposo, priéndase no más a las tablas y tenga cuidan, no se valga a caer en algún bache de las toscas, y después tengamos que sacarla con un guinche «.

«-Lo bueno seria que rompiese ahora alguna rueda -indicó un pasajero de esos cuya previsión les hace pensar siempre en lo fatal».

«-No hai cuidan, amigo, porque Julio Verne tiene güenos clavos, y es muy capaz de dar la vuelta al mundo por todos los mares, pusiendo a estos caballos matungos unas latas en las patas pa que no se hundan «.

«Los caballos caíanse frecuentemente de bruces en el agua, a consecuencia de los tropezones que daban en los ocultos y agudos pedruscos pero al momento volvían a levantarse, y con la noble brutalidad de su raza, seguían tirando con un ahínco digno de la más alta recompensa que las estrecheses del pesebre, donde podrían contarse los granos de maíz, aunque el pasto era abundante, sucediéndoles lo contrario del feliz mortal que comía queso con pan «.

«Las pesadas llantas del carro tan pronto hacían crujir a los grijos desmoronándoles a su paso, como se incrustaban dentro del lodo en los espacios cenagosos existentes entre las toscas, arrancando del fondo hojas carcomidas por las corrompidas aguas, pescados putrefactos, huesos roídos, palo y troques embadurnados de cieno, pedazos de aparejos pertenecientes a las caballos muertos en la brega, resto de inválida cacharrería y todo clase, en fin, de broza y podredumbre arrastrada hasta el río por los benéficos aguaceros que barrían las calles de Buenos Aires, supliendo con notoria ventaja a las escobas de los ediles municipales, sin que esto quiera decir que en aquellos años, y aun después, no hallan tenido muchos de estos hombres públicos excelentes barrenderas «.

«Por ser domingo aquél día, numeroso público, abundando el gremio de dependientes de comercio, presenciaba desde las tapias de la Aduana y lugares inmediatos a la Plaza de la Victoria y Casa de Gobierno el entretenido desembarco, lleno de cómicos incidentes, escenas melodramáticas y risibles episodios, protestas, carcajadas, grito de emoción mal comprimida entre los del carro y los amigos o parientes que en la orilla esperaban, chuscadas de los indiferentes y bromazos, no ya de gusto dudoso, sino de reconocida brutalidad, por parte de los que ejercen oficio de gracioso plagiando los respingos borricales; todo ello envuelto entre las voces de mando proferidas en forma de órdenes por los representantes del Fisco…»

«El tumulto y las imprecaciones, los llantos y las risotadas, el vocerío, los empujones y el estrujamiento general alcanzaron su período álgido y desbordante cuando los carros llegaron a la orilla y empezaron a descender los pasajeros, arrojándose unos por las ruedas, descolgándose otros por las varas, mientras por todas partes llovían maletas, mundos grandes y pequeños, valijas lujosas y envoltorios miserables; mantas agujereadas y bufandas de tenor de ópera; paraguas que servirían para cribar melones y sombrillas de raso donde el sol mismo mejoraba sus luces; bastones con conterilla de oro y cayados de mendigo; cestas de mimbres sin pelar y canastillos franceses pintados de negro con su cerradura de níquel. Todo estos enseres y otros muchos que nosotros nos dejaremos en el tintero, pero que de fijo no se quedaron en los carros, fueron tirados de prisa a tierra por los conductores, y era cosa de ver el aceleramiento para recoger cada pasajero sus objetos, o por equivocación previstas los objetos de otros, que de todo habría en tan tremendo barullo y enorme, alocada confusión «.

«Entre los primeros carros que llegaron al terreno firme hallábase Julio Verne. La miedosa y carantoñística o mañosa señora que antes hicimos referencia, fue necesario bajarla del vehículo con el mismo cuidado que si se tratara de la propia custodia, o de alguna miniatura tallada en porcelana de Sajonia, pues era atroz su miedo a romperse algo, o simplemente a que se le viesen las ligas. Sus aspavientos y remilgos para taparse las puntillas de las enaguas hacían presumir fuera la tal señora alguna madre abadesa sacada de los muros conventuales para ejercer el apostolado de la castidad en las disolutas cabanas de la Patagonia… «.19

Verdaderamente estos entretelones del desembarco en el Puerto de Buenos Aires antes de la construcción de Puerto Madero en 1889, eran una verdadera odisea impregnada de temor y valentía que se renovaban día a día en nuestras costas del Río de la Plata.