Efraín U. Bischoff Historiador, escritor

D ebo declarar que no es la primera vez que me atrapan las lejanas palabras de José Menéndez Novella, nacido en Barcelona, España, en 1865, y que murió en Buenos Aires el 7 de febrero de 1926. Vivió muchos años en Córdoba, y publicó en un diario de esta capital -con el seudónimo de «Gil Guerra»- la poesía que reproducimos.

Seguramente hoy los lectores sonreirán como lo hicieron quienes el 4 de enero de 1899 leyeron a aquel ocurrente español en su poema Solos .

«Ya ni cuatro docenas de personas / en Córdoba se quedan. / Todos se han ido ya con viento fresco / con rumbo hacia las sierras, / huyendo del calor, de los mosquitos, / y de los focos de la luz eléctrica,/ en torno de los cuales / sinnúmero de insectos ya vuelan. / Ya no quedan en Córdoba / cien personas siquiera. / El pueblo está desierto enteramente. / La Plaza San Ma rtín está desierta / y la banda de música que al aire / vibra con sus acordes y lo alegra/sólo toca a la noche / sus conocidas piezas / para que las escuchen vigilantes / de facción, atorrantes y niñeras».

Pero «Gil Guerra» no detenía su pluma en esa descripción, sino que agregaba:

«El pueblo está desierto enteramente; / ni dos docenas de personas quedan. / Todos se fueron ya con viento fresco / o a por él hacia las sierras / huyendo del calor, de los mosquitos, / y de los focos de la luz eléctrica. / Los tranvías de Córdoba / ni pasajeros muchas veces llevan, / ni un alma se pasea por las calles / y la plaza de noche está desierta. / Sólo quedamos ya los periodistas, / empleados y tal vez sirvientas. / Gente, vamos, de poco más o menos / que ya no veranea. / Los demás emigraron, /con rumbo hacia las sierras / huyendo del calor, / de los mosquitos / y de los focos de la luz eléctrica, / -según ya lo decimos- / y algunos de los sastres, / zapateros, de los parientes pedigüeños / y acaso de las suegras. / Y así al pueblo han dejado tan desierto / y a la plaza de noche tan desierta / y así la banda provincial no toca / sino para que escuchen, ay!, sus piezas / los vigilantes de facción / y acaso, / dependientes simpáticos de tienda / que salen a tomar un poco de aire / en tranvía, de a pie o en bicicleta».

«Gil Guerra», retozón como el que más, añadía:

«Qué cuadro triste es el que ahora / nuestra ciudad presenta / al forastero que visita Córdoba / de paso hacia las sierras. / Es la historia de todos los veranos, / la emigración eterna y sempiterna. / Aquí solo quedamos / tres o cuatro docenas / de hombres a quienes nada, / ni los calores aterran, / y poco les importan los mosquitos, / y los insectos en la luz eléctrica. / A mí el verano ya me importa poco / y hasta me burlo así de él, Gil Guerra».

Pero no era aquel español de dejar a sus lectores con ganas de seguir disfrutando sus textos, y añadía:

«Post scriptum: Advierto a los lectores / que a pesar de lo dicho otra me queda / y el mejor día subo al tren y vóime / con rumbo hacia las sierras…»

Por nuestra parte, subrayamos que Gil Guerra cumplió con su amenaza, pues el Tren de las Sierras había comenzado a correr el 30 de julio de 1890 hasta La Calera; alcanzó San Roque el 10 de octubre de ese mismo año; el 24 de diciembre de 1891 estaba en Cosquín, y el 11 de junio de 1892 tocaba Cruz del Eje. El servicio quedó librado al público el 2 de julio de ese mismo año.

Vale este recuerdo para que los turistas actuales sepan algo de quienes viajaban hace casi un siglo.