{"id":725,"date":"2022-08-09T21:31:01","date_gmt":"2022-08-10T00:31:01","guid":{"rendered":"http:\/\/menendez.ar\/?p=725"},"modified":"2023-02-02T23:04:00","modified_gmt":"2023-02-03T02:04:00","slug":"llegar-a-buenos-aires-y-luego-viajar-a-cordoba","status":"publish","type":"post","link":"http:\/\/menendez.ar\/index.php\/2022\/08\/09\/llegar-a-buenos-aires-y-luego-viajar-a-cordoba\/","title":{"rendered":"Llegar a Buenos Aires."},"content":{"rendered":"\n<p>ARGENTINA, Puerto de Buenos Aires, 1900.<\/p>\n\n\n\n<p><strong>Edgardo J. Rocca &#8211; \u00abEl Puerto de Buenos Aires en la Historia II<\/strong>\u00ab<\/p>\n\n\n\n<p>De los que visitaron la ciudad de Buenos Aires entre los siglos XVII y XIX, pocos fueron los que al recordar sus impresiones y recuerdos de su paso por el R\u00edo de la Plata, no hayan destacado en forma muy especial las nada c\u00f3modas caracter\u00edsticas del desembarco en nuestras playas.<\/p>\n\n\n\n<p>Casi todos vieron acicateada, no sin falta de raz\u00f3n, su curiosidad por una maniobra que los llevaban a tierra firme mediante los servicios de un extra\u00f1o artefacto tirado por altos equinos. Esa forma novedosa val\u00eda una menci\u00f3n en sus escritos posteriores, por la inseguridad del traslado, era como un anticipo de la llegada a una ciudad ecuestre, en la cual todo se ejecutaba a caballo. Desde el estanciero, hasta el mendigo, utilizaban este medio de locomoci\u00f3n para realizar sus habituales tareas diarias.<\/p>\n\n\n\n<p>Hasta fines del siglo XIX, el procedimiento que se practicaba para efectuar el desembarco de pasajeros y mercader\u00edas en el Puerto de Buenos Aires se cumpl\u00eda en dos etapas siendo la primera realizada desde el barco llegado de ultramar, por medio de una barca llamada ballenera, con una peque\u00f1a vela, fondo plano y proa y popa iguales, y la segunda etapa se efectuaba con un carro de altas ruedas, fondo de tablas y costados realizados con ca\u00f1as, tirado por uno o m\u00e1s caballos criollos de alto porte y enorme fuerza.<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-gallery has-nested-images columns-default is-cropped wp-block-gallery-1 is-layout-flex wp-block-gallery-is-layout-flex\">\n<figure class=\"wp-block-image size-large\"><img loading=\"lazy\" decoding=\"async\" width=\"600\" height=\"456\" data-id=\"723\" src=\"http:\/\/menendez.ar\/wp-content\/uploads\/2022\/08\/bajar-del-barco.jpg\" alt=\"\" class=\"wp-image-723\" srcset=\"http:\/\/menendez.ar\/wp-content\/uploads\/2022\/08\/bajar-del-barco.jpg 600w, http:\/\/menendez.ar\/wp-content\/uploads\/2022\/08\/bajar-del-barco-300x228.jpg 300w\" sizes=\"auto, (max-width: 600px) 100vw, 600px\" \/><\/figure>\n<\/figure>\n\n\n\n<p><strong>El R\u00edo de la Plata<\/strong><br>El lecho del antiguo estuario del Rio de la Plata est\u00e1 formado por una arcilla de gran espesor, m\u00e1s o menos blanda o fluida, dependiendo esto en parte de la presi\u00f3n a que est\u00e1 sometida y al mayor o menor contacto con el agua, siendo por consiguiente, dif\u00edcil de realizar estudios para cada clase de arcillas. En los terrenos que ba\u00f1a a lo largo de la costa el R\u00edo de la Plata como los parajes de La Boca, Barracas, El Retiro y cercan\u00edas del R\u00edo Lujan, la arcilla es bastante compacta, pero sin embargo cualquier pozo excavado en ella tiene que ser revestido inmediatamente, pues la arcilla comienza a fluir en direcci\u00f3n de la excavaci\u00f3n y en pocas horas \u00e9sta se cierra. En excavaciones mayores, la arcilla expuesta al sol y al aire, se contrae, da lugar a filtraciones, y se producen escurrimientos por el pie del talud, derrumbes o levantamientos del fondo de la zanja a causa de la presi\u00f3n de los terrenos laterales, muy especialmente despu\u00e9s de las lluvias o de las crecientes del r\u00edo que aneguen esos terrenos.<\/p>\n\n\n\n<p>En enero de 1857, lleg\u00f3 por vez primera a Buenos Aires, el destacado cient\u00edfico alem\u00e1n Germ\u00e1n Burmeister que en su libro Viaje por los Estados del Plata publicado en 1862, nos describe el R\u00edo de la Plata, \u00abLa ribera de Buenos Aires es playa, sumamente inclinada, limosa y apenas visible, aun hasta 2 millas de distancia. Al mismo tiempo el r\u00edo es muy bajo y lleno de bancos de arena, haciendo peligrosa la navegaci\u00f3n cerca de las orillas. Por otra parte una costa aun mucho m\u00e1s alta tampoco ser\u00eda visible desde el medio del r\u00edo, pues el estuario del Rio de la Plata entre Montevideo y la opuesta Punta Piedras pasa de una anchura de 12 millas alemanas, es decir el doble que el Canal de la Mancha entre Dover y Calais.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde esta enorme extensi\u00f3n se va enangostando el estuario com\u00fan hasta el lugar donde el Paran\u00e1 y el Uruguay se juntan para formarlo y se reduce a s\u00f3lo dos terceras partes de su mayor latitud anterior. El R\u00edo de la Plata, de acuerdo con su forma, tiene decididamente m\u00e1s bien la apariencia de un golfo que de un r\u00edo, solamente que la cantidad de agua dulce predominante unida al turbio color del agua, no dejan lugar a duda de que se trata de la desembocadura de un r\u00edo, aun cuando no se vean ambas m\u00e1rgenes \u00ab.<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image\"><a href=\"http:\/\/www.histarmar.com.ar\/InfHistorica-3\/DesembarcoBsAs\/177.jpg\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\"><img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/www.histarmar.com.ar\/InfHistorica-3\/DesembarcoBsAs\/177x6.jpg\" alt=\"\"\/><\/a><\/figure>\n\n\n\n<p>Litograf\u00eda de Juan Le\u00f3n Palli\u00e9re, circa 1860 \u00abDesembarco con Rio Bajo\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p><strong>El Puerto de Buenos Aires que vieron los viajeros<\/strong><br>Las diversas y variadas relaciones descriptivas que nos han legado los extranjeros en su paso por nuestro pa\u00eds, como fruto de inquietudes espirituales o resultado de observaciones expresamente encomendadas, poseen un valor de trascendencia como importante fuente hist\u00f3rico-documental, ocupando un destacado lugar dentro de la historiograf\u00eda.<br>Salvo algunas excepciones, estos relatos no fueron aprovechados en toda su intensidad e importancia, hasta bien entrado el siglo XX. La falta de traducciones adecuadas y la existencia de cierta dificultad en la localizaci\u00f3n de las primeras ediciones o manuscritos que se encontraban en distintos repositorios oficiales o privados mayoritariamente en el Viejo Mundo hicieron que fuera inaccesible o dificultoso su uso.<\/p>\n\n\n\n<p>Las traducciones adecuadas de unos pocos viajeros fueron publicadas en ediciones que comenzaron a imprimirse en los primeros a\u00f1os del pasado siglo, libros que pusieron de manifiesto el inter\u00e9s que despertaban los relatos sobre nuestra ciudad en los investigadores y los lectores en general deslumhrados por esta nueva y llamativa fuente de informaci\u00f3n posible de confiar.<\/p>\n\n\n\n<p>El historiador Jos\u00e9 Luis Busaniche en la d\u00e9cada de 1930, utiliz\u00f3 el relato de una docena de viajeros para confeccionar la evoluci\u00f3n hist\u00f3rica, alguno de ellos directamente traducidos por el historiador.10 Para Busaniche la importancia del autor extranjero reside en que \u00abve con m\u00e1s clara visi\u00f3n las cosas aut\u00f3ctonas, por la novedad y el exotismo que representan para \u00e9l\u00bb, seg\u00fan lo aclara en el pr\u00f3logo de su libro&nbsp;<strong>Estampas del Pasado<\/strong>. Las informaciones ilustran sobre los sucesos en oportunidades inadvertido y cuando el viajero escritor posee alguna especialidad cient\u00edfica nos destaca con la debida atenci\u00f3n las condiciones geogr\u00e1ficas, culturales o sociales de una determinada circunstancia de nuestro pasado actuando en forma complementaria del informe oficial.<\/p>\n\n\n\n<p>Otro descubridor, Carlos J. Cordero, intent\u00f3 un primer ensayo para realizar una clasificaci\u00f3n de viajeros del siglo XIX en su directa relaci\u00f3n con la historia de nuestro pa\u00eds y Rafael Alberto Arrieta public\u00f3 tambi\u00e9n un libro al respecto.11<\/p>\n\n\n\n<p>Siendo el R\u00edo de la Plata uno de los m\u00e1s grandes del mundo, que en su comienzo de ancho estuario tiene 24 millas y 126 al desembocar en el Oc\u00e9ano Atl\u00e1ntico, es de costas desiguales en ambas m\u00e1rgenes. Posee una ribera occidental, sobre la costa bonaerense, cenagosa que se desliza en suave pendiente producida por un gran banco de arena que termina en los baj\u00edos de Las Palmas, con una profundidad de 1,80 metros. Debido a esto, hasta la construcci\u00f3n de Puerto Madero en 1889, un barco de 16 pies deb\u00eda quedar en Buenos Aires a m\u00e1s de cinco mil metros en rada abierta, sin reparo alguno, expuestos a todo los vientos, en particular al temido viento Pampero.<\/p>\n\n\n\n<p>Canales con poca profundidad, vientos y sudestadas temibles en la Rada Exterior, numerosos bancos de arena, agregado a ocho buques hundidos en la Rada Interior, hac\u00edan que el Puerto de Buenos Aires fuera llamado por los capitanes infierno de los navegantes.<\/p>\n\n\n\n<p>Desde la \u00e9poca colonial hasta la inauguraci\u00f3n del Puerto Madero, los barcos que llegaban, salvo los de peque\u00f1o calado, deb\u00edan fondear en la Rada Exterior. Desde ese lugar desembarcan pasajeros y carga en balleneras y chalupas o barcos de alije, los que a su vez los trasportaban a carretas tiradas por caballos hasta la orilla.<\/p>\n\n\n\n<p>De esta forma se encadenaba la llegada de los viajeros a la costa de la ciudad de Buenos Aires, donde por lo general deb\u00edan finalizar este periplo en brazos de robustos mocetones para poner sus pies en tierra firme, pues hasta 1855 no hab\u00eda ni siquiera un Muelle de desembarco. Los viajeros de origen ingl\u00e9s fueron mayoritariamente los que dejaron sus observaciones, tal vez como consecuencia del inter\u00e9s comercial primeramente y pol\u00edtico despu\u00e9s, que despert\u00f3 en Gran Breta\u00f1a el abrupto proceso de emancipaci\u00f3n y de formaci\u00f3n de las nuevas naciones en la Am\u00e9rica hispana. De 54 autores que seleccion\u00f3 Cordero en su libro, 36 son ingleses, 5 norteamericanos, 4 franceses, 3 alemanes, 2 italianos, 2 suizos, uno espa\u00f1ol I y uno chileno.<\/p>\n\n\n\n<p>Abundante son los relatos de los viajeros que describen el desembarco en nuestro Puerto. Algunos con un dejo de desprecio, otros con susto y varios en forma risue\u00f1a se han referido al mecanismo primitivo del mismo hasta la construcci\u00f3n del Puerto del Riachuelo por el ingeniero Lu\u00eds A. Huergo y posteriormente el denominado Puerto Madero inaugurado en 1889.<\/p>\n\n\n\n<p>Un peque\u00f1o pero pintoresco relato nos dej\u00f3 el padre Cayetano Catt\u00e1neo quien lleg\u00f3 a nuestras costas en 1729.<\/p>\n\n\n\n<p>&nbsp;\u00abPara bajar a tierra no se puede ir directamente en barcos a la ciudad, sino que es necesario dar vuelta e ir a arribar en la desembocadura de un riachuelo que descarga en el rio con dos o tres brazas de agua; y esto cuando el r\u00edo est\u00e1 alto, que cuando baja, entonces ni en el riacho hay agua bastante para peque\u00f1os barcos. As\u00ed que, para desembarcar, fue preciso esperar que cesase el viento pampero y que creciese el r\u00edo, hasta que de all\u00ed pudieron venir peque\u00f1os barcos. Y as\u00ed pasaron cuatro d\u00edas hasta la \u00faltima fiesta de Pascuas, que nos parecieron cuatro a\u00f1os\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Todas estas tribulaciones estuvieron quiz\u00e1s compensadas con el recibimiento que se hizo a los ilustres viajeros. \u00abLa playa, llena de gente, ofrec\u00eda un bell\u00edsimo espect\u00e1culo por la diversidad de los vestidos espa\u00f1oles, indios y negros. A esa muchedumbre se agregaban la congregaci\u00f3n de los jesu\u00edtas que iban precedidos por el Padre Rector, el Gobernador acompa\u00f1ado de la principal nobleza y de los oficiales de la milicia\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Ya en el siglo XIX, de los relatos de viajeros que describieron su desembarco en el Puerto de Buenos Aires, tomemos lo referido por los hermanos Robertson en una de las Cartas de Sud-Am\u00e9rica, la que lleva el n\u00famero 42, en 1810:<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image\"><a href=\"http:\/\/www.histarmar.com.ar\/InfHistorica-3\/DesembarcoBsAs\/LandingPlacex12.jpg\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\"><img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/www.histarmar.com.ar\/InfHistorica-3\/DesembarcoBsAs\/LandingPlacex6.jpg\" alt=\"\"\/><\/a><\/figure>\n\n\n\n<p>Grabado de Emeric Essex Vidal de 1820. The Landing Place.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abNada sorprende m\u00e1s al llegar por primera vez a Buenos Aires que los carros y los carreteros de la ciudad. Los primeros son veh\u00edculos de anchos ejes de madera y ruedas enormes, tan altas que solamente los rayos tienen unos ocho pies y se elevan muy por encima de los caballos y del conductor. Este \u00faltimo va montado sobre uno de los animales. Cuatro tablas anchas de madera clavadas entre s\u00ed forman un paralelogramo sobre ele eje y a este paralelogramo se agregan ca\u00f1as de bamb\u00fa horizontales en el fondo y verticales a los lados, todo lo cual viene a constituir lo que se llama el carro.<\/p>\n\n\n\n<p>El piso del veh\u00edculo tiene naturalmente aberturas muy perceptibles y el agua puede subir por ellas con toda facilidad. Las ca\u00f1as verticales de los lados est\u00e1n a considerable distancia una de otra y sirven para sujetar los cueros que se ponen all\u00ed como para proveer de agarraderas al pasajero. La primera impresi\u00f3n que producen estos inc\u00f3modos y r\u00fasticos carros, la experimentamos al desembarcar en la ciudad. Salen arrastrados por los caballos, como casillas de ba\u00f1o, una docena de estos carros, en direcci\u00f3n al hotel (lo mismo que aqu\u00ed saldr\u00edan doce mozos de cordel con los equipajes y los carreras pelean en t\u00e9rminos rudos por la preferencia que ha de d\u00e1rseles para llevar a la costa pasajeros y bultos. As\u00ed salen con su carga en el veh\u00edculo que va dando tumbos sobre las toscas hasta que de pronto se hunde en un pozo bastante profundo, circunstancia \u00e9sta en que pod\u00e9is estar seguros de salir empapados, porque a pesar de todos vuestros esfuerzos para evitarlo, el agua del r\u00edo sube e trav\u00e9s del piso de ca\u00f1as y por lo menos el calzado, calcetines y pantalones se mojan inevitablemente.<\/p>\n\n\n\n<p>Y por temor a un vuelco del carro acaba uno por olvidar cuanta precauci\u00f3n pueda tomarse para salvar la vestimenta. Al llegar a la orilla, si\u00e9ntese deseos de formular una oraci\u00f3n de gracias. Y, con todo, es maravillosa la destreza que las carreros exhiben al manejar los carros. Los caballos est\u00e1n atados de la cincha a una lanza corta por una correa de cuero trenzado y solamente con este rudo y sencillo aparejo los carreros de Buenos Aires hacen prodigios en el sentido de ir para un lado y otro, retroceder cuando quieren colocarse en un espacio reducido y avanzar en un camino -como lo hacen en la Aduana-entre una doble o triple fila de competidores\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>El comerciante ingl\u00e9s Samuel Haigh relat\u00f3 su arribo en 1817: \u00abEchamos anclas en la Rada Exterior, a siete millas frente a Buenos Aires. La Rada Exterior es fondeadero de los barcos de su Majestad, pues no hay agua en las Balizas Interiores para los buques de mucho calado. El capit\u00e1n y yo fuimos a tierra en uno de los botes. Como hab\u00eda poca agua, la embarcaci\u00f3n pudo solamente aproximarse a un cuarto de milla de la ribera, y me sorprendi\u00f3 mucho este sistema curioso de arribar\u00bb. \u00abCarretas livianas, tiradas por dos caballos, uno montado por un indio de extra\u00f1a catadura, se acercaron al bote en busca de los pasajeros \u00ab. \u00abEl estado desvencijado de estos veh\u00edculos construidos de ca\u00f1a y abiertos en el fondo, exponen al ocupante a empaparse entes de alcanzar la orilla, de modo que m\u00e1s bien desalienta que anima, y cuando uno es arrastrado lentamente en el agua hacia la playa, se asemeja m\u00e1s a un criminal la v\u00edspera de salir de este mundo, que a un viajero a punto de entrar a una gran capital\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Pocos a\u00f1os despu\u00e9s, Emeric Essex Vidal, marino ingl\u00e9s que lleg\u00f3 a pintar numerosos cuadros sobre temas de Buenos Aires, coment\u00f3 que el r\u00edo era tan bajo que raramente pod\u00edan llegar en bote a la orilla, y exist\u00edan cinco o seis carros constantemente en actividad, con el prop\u00f3sito de desembarcar pasajeros. El pasaje costaba dos reales cada viaje, fuere la distancia grande o peque\u00f1a, diciendo: \u00abAlgunas veces son unas pocas yardas, mientras que en otras, el carro debe andar un cuarto de milla antes de alcanzar los buques, porque con viento del norte o noroeste, especialmente si soplan fuertemente, el agua se retira de la costa a tal grado, que su fondo queda frecuentemente en seco \u00ab.<\/p>\n\n\n\n<p>Tambi\u00e9n el c\u00f3nsul ingl\u00e9s Woodbine Parish, en su libro Buenos Aires y las Provincias del R\u00edo de la Plata nos relata su arribo al Puerto en 1824: \u00abAI amanecer del d\u00eda siguiente de nuestra salida de Montevideo, arribamos a Buenos Aires. Los buques que calen 15 o 16 pies, tienen que anclar 7 u 8 millas distantes de la ciudad, de donde se distingue muy poco, a menos que el tiempo est\u00e9 sereno, el desembarco no deja de ser peligroso, especialmente cuando hay neblina, cosa muy com\u00fan en invierno\u00bb. \u00abDe all\u00ed se ve \u00a1a ciudad en toda su extensi\u00f3n, coronando la lomada o barraca que limita por all\u00ed la costa sud del r\u00edo, vi\u00e9ndose de tal modo que las torres de las iglesias son lo \u00fanico que interrumpe un nivel tan igual, cono el de las aguas de opuesto horizonte, no hay all\u00ed un fondo lejano para el paisaje, nada de monta\u00f1as, ni bosques; una vasta y prolongada llanura se extiende siempre igual por m\u00e1s de 800 millas hasta la Cordillera de los Andes\u00bb y contin\u00faa \u00abNada es m\u00e1s desagradable que el modo de bajar a tierra. Dif\u00edcilmente puedan los botes encontrar agua bastante para aproximarse a la orilla, vi\u00e9ndose al llegara una distancia de 40 o 50 varas, asaltados por todas partes por carretillas que siempre entran en el r\u00edo a la espectativa de pasajeros, y cuya forma son en alto grado, caracter\u00edsticas del pa\u00eds\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Refiere que \u00abLa salvaje y grotesca apariencia de los tostados carreteros, medios desnudos, jurando y gritando, empuj\u00e1ndose unos a otros y azotando sus miserables caballos por entre el agua. En tiempo atr\u00e1s, hab\u00eda un Muelle que entraba alguna distancia al r\u00edo, y evitaba una parte de estos inconvenientes, pero se fue desmoronando con el empuje de las aguas, hace a\u00f1os\u00bb.14<\/p>\n\n\n\n<p>Otro de los viajeros que dejaron impresas sus apreciaciones respecto al Puerto de Buenos Aires en 1852, fue el viajero ingl\u00e9s Williams Hadfield, que public\u00f3 un libro en Londres en 1952. He aqu\u00ed su relato: \u00abEn varios aspectos, la apariencia de la ciudad no es muy halag\u00fce\u00f1a. Despu\u00e9s de esperar durante dos horas al oficial, pudimos al fin desembarcar, y \u00a1que desembarco!, peor, seguramente, que el que encontraron los espa\u00f1oles en su primera visita, porque desde entonces, montones de barro petrificado se han ido acumulando en la orilla, formando verdaderas rocas, y los botes est\u00e1n obligados pr\u00e1cticamente a buscar a ciegas el camino, llegando tan cerca como es posible de la tierra. M\u00e1s el procedimiento com\u00fan para el desembarco de los viajeros es el ser llevados fuera del barco en una gran carreta abierta tirada por dos caballos, frecuentemente con el peligroso riesgo de caer al agua y verse empapados \u00ab. \u00abNada m\u00e1s calamitoso que ese desembarco, en una de las m\u00e1s hermosas ciudades de Am\u00e9rica, que no posee un solo desembarco, Muelle o Dique, aunque s\u00ed, un paseo muy hermoso situado en la margen del r\u00edo y que sirve de solaz, siendo sin embargo muy poco frecuentado\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abLa vista del Puerto de Buenos Aires desde las azoteas de las casas es muy pintoresca. Se divisan barcos, tan lejos como alcanza el ojo humano. A la izquierda, hacia Palermo, se levantan numerosas residencias de muy hermoso aspecto; a la derecha, est\u00e1 el antiguo fuerte, luego la Aduana, dep\u00f3sitos de almacenes de diferentes clases; m\u00e1s all\u00e1 lo que se llama la Boca, entrada de un peque\u00f1o r\u00edo donde gran cantidad de barquichuelos cargan y descargan en perfecta seguridad. Pero algunas veces se dificulta esta operaci\u00f3n por la acumulaci\u00f3n de arena en la boca del r\u00edo. Mirando m\u00e1s lejos a\u00fan, pueden divisarse cantidades de carretas yendo o viniendo a las peque\u00f1as embarcaciones ancladas, siendo \u00e9sta la \u00fanica manera de que pueda descargarse o cargarse las mercader\u00edas, expuestas desde luego a mojaduras, ya que los caballos marchan casi siempre con el agua hasta el pecho, y las mismas carretas a veces se hunden en el fango. Es asombroso como puede llevarse a cabo cualquier clase de comercio con tanta desventaja\u00bb .Xi<\/p>\n\n\n\n<p>Tambi\u00e9n un viajero alem\u00e1n que arrib\u00f3 a nuestras tierras en 1853, el Duque Paul Wilhel von Wuettemberg, relat\u00f3 su vis\u00f3n que tuvo de Buenos Aires: \u00abEn la ma\u00f1ana del 25 de junio, entr\u00f3 el buque a la ciudad. Desde lejos se elevaban los m\u00e1stiles de los grandes barcos, y en el fondo, en larga y brillante h\u00edleta, las torres de las iglesias que se destacaban n\u00edtidamente por su perfil caracter\u00edstico abarcando de norte a sur nuestra visi\u00f3n, como as\u00ed tambi\u00e9n las casas notablemente m\u00e1s bajas que las torres \u00ab.<\/p>\n\n\n\n<p>El sabio alem\u00e1n Germ\u00e1n Burmeister lleg\u00f3 por primera vez a Buenos Aires, como viajero estudioso, el 31 de enero de 1857, a las diez de la ma\u00f1ana y relat\u00f3 su desembarco \u00ab&#8230;se echa anclas a una distancia considerable de la margen, porque el r\u00edo es ah\u00ed tan bajo, que solo puede ser navegado en botes para alcanzar la orilla. En tiempos el desembarco era asunto dif\u00edcil y algunas veces peligroso. Hab\u00eda que trasbordarse del buque a un bote y cuando \u00e9ste se hab\u00eda aproximado lo bastante a la costa, se pasaba del bote a un carro de das ruedas y caballos, que llevaba la gente a tierra&#8230;\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>Como ya hemos dicho, y como lo demuestra la bibliograf\u00eda argentina, muchos de los viajeros extranjeros que visitaron nuestro pa\u00eds en el siglo XIX dejaron en libros sus impresiones y observaciones de hechos y costumbres de nuestro Puerto, en particular el tipo de desembarco que se practicaba en \u00e9l.<\/p>\n\n\n\n<p>Tomamos ahora el relato breve de Thomas Woodbine Hinchliff al desembarcar en el Muelle de Pasajeros en 1861, de su libro Viaje al Plata publicado en Londres en 1863, en el cual nos dice: \u00abTuve el placer de que me recibiera mi primo Mr. Parish, el c\u00f3nsul ingl\u00e9s, con qui\u00e9n camin\u00e9 a lo largo del Muelle de Pasajeros, precedidos ambos por los diligentes negros que llevaban mi equipaje sobre la cabeza. Al extremo del Muelle hay un curioso edificio, semejante a una glorieta o cenador, donde el equipaje de los pasajeros es examinado por los empleados de la Aduana, y en seguida me impresion\u00f3 gratamente, por el gran comedimento con que se lleva a cabo esa operaci\u00f3n. La verdad es que rara vez hab\u00eda sido tan bien tratado en Europa y puedo asegurar, con verdad, que esta favorable impresi\u00f3n se confirm\u00f3 a diario, y m\u00e1s y m\u00e1s, durante la residencia de varios meses. El general brillo y limpieza de la ciudad llama la atenci\u00f3n, sobre todo a los que llegan de la suciedad tropical del Brasil\u00bb}6<\/p>\n\n\n\n<p>Este Muelle de Pasajeros inaugurado en 1855, ten\u00eda un piso de tablones separados por unos cent\u00edmetros, lo cual despertaba la tentaci\u00f3n de ciertas personas y ni\u00f1os, como lo acontecido el 26 de marzo de 1869 y asentado en el Libro Diario de la Ayudant\u00eda del Puerto: \u00abDos individuos que no quisieron dar sus nombres pagaron 50 pesos de multa por cada uno por hall\u00e1rseles bajo el Muelle de Pasajeros mirando a las mujeres que paseaban y a don Antonio Bonafuz por igual delito la misma multa. Firmado G. Goyena\u00bb}1<\/p>\n\n\n\n<figure class=\"wp-block-image\"><a href=\"http:\/\/www.histarmar.com.ar\/InfHistorica-3\/DesembarcoBsAs\/161.jpg\" target=\"_blank\" rel=\"noreferrer noopener\"><img decoding=\"async\" src=\"http:\/\/www.histarmar.com.ar\/InfHistorica-3\/DesembarcoBsAs\/161x6.jpg\" alt=\"\"\/><\/a><\/figure>\n\n\n\n<p>La Aduana, el Muelle y el muro de la Alameda (sin firma ni fecha, pero seguramente pintado uno o dos a\u00f1os luego que fuera terminada la Aduana Taylor.<\/p>\n\n\n\n<p>Pero tambi\u00e9n las que desembarcaban en ese Muelle eran observadas por peque\u00f1os como nos relata el subcomisario Adolfo Bario en su libro: \u00abDe vez en cuando hab\u00eda algo extraordinario para nuestras diversiones, y era la llegada de inmigrantes, el desembarco se hacia generalmente en la Rada y no por el Muelle de Pasajeros, siendo casual lo hicieran all\u00ed, Las tablas del piso para peatones dejaban una abertura m\u00e1s o menos de dos dedos; nosotros, cosas de muchachos, dirig\u00edamos la mirada hacia arriba, en el momento que los llegados se dirig\u00edan a la salida, el que primero se encontraba, viniendo de la punta del Muelle del fondo, era el que primeramente hablaba, saliendo con alguna chuscada u ocurrencia m\u00e1s o menos de este alcance: La que pasa tiene medias coloradas, la otra las lleva azules, yo le he visto las piernas; yo no; yo s\u00ed; atenci\u00f3n muchachos con la que viene&#8230;, es gordita, le he visto el c&#8230;; yo le visto la&#8230;, en resumen, cosa de chiquillos\u00bb}*<\/p>\n\n\n\n<p>Creemos que indudablemente la descripci\u00f3n m\u00e1s real, detallada y pintoresca, es la que podemos encontrar en el libro publicado por el espa\u00f1ol Francisco Javier de Grandmontagne, llegado a nuestras costas en 1866. Este libro publicado en 1896, contiene datos verdaderamente curiosos en el relato de su desembarco, como podremos apreciar: \u00abSin embargo, la ansiedad por descubrir lo que hay detr\u00e1s del momento actual no es tanta, como para borrar de la mente los recuerdos. As\u00ed, al menos, sucede en la nuestra, y entre los m\u00e1s gratos que conserva figura aquel lejano d\u00eda del a\u00f1o 66, y sobre todo aquellas horas en que el maltrecho veh\u00edculo cuya tabla trasera con pretensiones de puerta ostentaba en gruesas letras trazadas a dedo con pintura verde el nombre de Julio Verne, atravesaba, atestado de pasajeros de ultramar, los \u00faltimos escollos y arrecifes del penoso y prolongado viaje\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abEl bergant\u00edn Bella Elisa, que condujo a los viajeros a trav\u00e9s de las oce\u00e1nicas olas, pertenec\u00eda a la matr\u00edcula santanderina; pero no sabemos, mientras el ilustre Pereda no lo averig\u00fce, si sus tripulantes eran callejeros o hijos del Sardinero. Por lo tanto, s\u00f3lo podemos decir que el Bella Elisa ech\u00f3 anclas en aquel punto del r\u00edo que el curtido capit\u00e1n crey\u00f3 favorable al calado de su buque, desde el cual fueron trasbordados los pasajeros, equipajes y mercanc\u00edas, primero a un lanchan o m\u00e1s bien gabarra, luego a peque\u00f1os botes, y de \u00e9stos, por fin, y en medio de peripecias sin cuento, a los carros, que entre vociferadas blasfemias de los conductores, gritos de alarma de los conducidos, temerosos a un remoj\u00f3n al volcar el veh\u00edculo, chillidos de las asustadizas mujeres y de los chiquillos miedosos, acerc\u00e1banse a la orilla, salvando los vericuetos y crestas de las Toscas a impulso del medio de locomoci\u00f3n producido por la sangre consistente y fina de los caballos criollos \u00ab.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abEl mencionado carro, de tosquedad insuperable, era el que sacaba a la orilla el mayor n\u00famero de pasajeros, valijas, ba\u00fales, costales y zurrones con ropa, digna de toda clase de fumigaciones, jaulas, sombreros y cachivaches diversos, pertenecientes a mujeres y hombres, comerciantes, unos, turistas otros y la mayor\u00eda infelices inmigrantes que llevaban a la tierra de promisi\u00f3n con gran caudal de ilusiones en el cerebro, los est\u00f3magos fl\u00e1cidos, magullados los huesos y miserable el traje que los cubr\u00eda \u00ab.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abApi\u00f1adamente encaramados sobre el veh\u00edculo, hasta el punto de invadir la c\u00e1tedra del conductor, vulgo pescante, ve\u00edanse confundidas todas las clases sociales, desde las m\u00e1s altas hasta las m\u00e1s bajas, individuos y hembras de m\u00faltiples y variad\u00edsimo pelaje, reunidos all\u00ed por la imperiosa y niveladora ley de la necesidad que, como la de la muerte, no reconoce categor\u00edas, ni premia m\u00e9ritos, ni dispensa favores. Aquel medio de transporte, a semejanza de las ranas, igualmente \u00fatil para las faenas mar\u00edtimas que para las terrestres, era al pasar las Toscas lo que podr\u00edamos llamar el carro de la democracia\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abPertenec\u00eda la anfibia nave, como ya lo hemos dicho, a un criollo de 20 a 22 a\u00f1os, agostado por una vida de burda disipaci\u00f3n, llena de cara de cicatrices que revelan la existencia de otros m\u00e1s malos que \u00e9l, aun cuando se esforzara en demostrar lo contrario lanzando calculadamente miradas asesinas, y cimbrase su cintura con gracia de mat\u00f3n, y echara por aquella bocaza de escuerzo toda clase de groser\u00edas, bravatas y fanfarronas, adquiriendo posturas temerosas; el cuchillo, con dimensiones de asador, entre las bragas, sujetas a la cadera por un faj\u00edn encarnado y hecho jirones; el gacho sombrero pegado a la nuca, como quien desea estar pronto para embestir; detr\u00e1s de la oreja el apagado cigarrillo, cuya ceniza corr\u00edale por la pelusilla del pescuezo, formando con el sudor una chorreada de barro; las manos crispadas y gesticulando tremebundas amenazas contra alg\u00fan compa\u00f1ero que, m\u00e1s \u00e1gil y listo, no consinti\u00f3 atracara Julio Verme el primero a la lancha o a los dep\u00f3sitos de la Aduana \u00ab.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abAl pasar las toscas, esta part\u00edcula del pueblo mezcla de soez barbarismo y hombruno candor, ven\u00eda de pie sobre el pescante de su carro, repartiendo furiosos trallazos a los caballos y animosos consuelos a los pasajeros t\u00edmidos que conduc\u00eda, sobre todo a las mujeres, seres inservibles estas andanzas, y cuyos viajes deben limitarse de la cocina a la alcoba, y cuanto m\u00e1s a exhibir el garbo en los paseos, el ingenio chismogr\u00e1fico en las tertulias, y la est\u00e9tica de la coqueter\u00eda en las tiendas, donde con la curiosidad de su esp\u00edritu todo lo resuelven, incluso la forzosa paciencia de los dependientes\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00ab-\u00a1Pero, amigo, que hab\u00eda sido chillona esta se\u00f1ora! -dec\u00eda el criollo por una, que con solo salpicarle un poco de agua daba lastimeros alaridos \u00ab. \u00ab-No alborote tanto se\u00f1ora, que la van a o\u00edr dende Montevideo los charr\u00faas. No chiye de esta manera, y ag\u00e1rrese de su esposo, que \u00e9l le sujetar\u00e1 esos niervos de bagual asustadiso. Si no se fia de su esposo, pri\u00e9ndase no m\u00e1s a las tablas y tenga cuidan, no se valga a caer en alg\u00fan bache de las toscas, y despu\u00e9s tengamos que sacarla con un guinche \u00ab.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00ab-Lo bueno seria que rompiese ahora alguna rueda -indic\u00f3 un pasajero de esos cuya previsi\u00f3n les hace pensar siempre en lo fatal\u00bb.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00ab-No hai cuidan, amigo, porque Julio Verne tiene g\u00fcenos clavos, y es muy capaz de dar la vuelta al mundo por todos los mares, pusiendo a estos caballos matungos unas latas en las patas pa que no se hundan \u00ab.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abLos caballos ca\u00edanse frecuentemente de bruces en el agua, a consecuencia de los tropezones que daban en los ocultos y agudos pedruscos pero al momento volv\u00edan a levantarse, y con la noble brutalidad de su raza, segu\u00edan tirando con un ah\u00ednco digno de la m\u00e1s alta recompensa que las estrecheses del pesebre, donde podr\u00edan contarse los granos de ma\u00edz, aunque el pasto era abundante, sucedi\u00e9ndoles lo contrario del feliz mortal que com\u00eda queso con pan \u00ab.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abLas pesadas llantas del carro tan pronto hac\u00edan crujir a los grijos desmoron\u00e1ndoles a su paso, como se incrustaban dentro del lodo en los espacios cenagosos existentes entre las toscas, arrancando del fondo hojas carcomidas por las corrompidas aguas, pescados putrefactos, huesos ro\u00eddos, palo y troques embadurnados de cieno, pedazos de aparejos pertenecientes a las caballos muertos en la brega, resto de inv\u00e1lida cacharrer\u00eda y todo clase, en fin, de broza y podredumbre arrastrada hasta el r\u00edo por los ben\u00e9ficos aguaceros que barr\u00edan las calles de Buenos Aires, supliendo con notoria ventaja a las escobas de los ediles municipales, sin que esto quiera decir que en aquellos a\u00f1os, y aun despu\u00e9s, no hallan tenido muchos de estos hombres p\u00fablicos excelentes barrenderas \u00ab.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abPor ser domingo aqu\u00e9l d\u00eda, numeroso p\u00fablico, abundando el gremio de dependientes de comercio, presenciaba desde las tapias de la Aduana y lugares inmediatos a la Plaza de la Victoria y Casa de Gobierno el entretenido desembarco, lleno de c\u00f3micos incidentes, escenas melodram\u00e1ticas y risibles episodios, protestas, carcajadas, grito de emoci\u00f3n mal comprimida entre los del carro y los amigos o parientes que en la orilla esperaban, chuscadas de los indiferentes y bromazos, no ya de gusto dudoso, sino de reconocida brutalidad, por parte de los que ejercen oficio de gracioso plagiando los respingos borricales; todo ello envuelto entre las voces de mando proferidas en forma de \u00f3rdenes por los representantes del Fisco&#8230;\u00bb<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abEl tumulto y las imprecaciones, los llantos y las risotadas, el vocer\u00edo, los empujones y el estrujamiento general alcanzaron su per\u00edodo \u00e1lgido y desbordante cuando los carros llegaron a la orilla y empezaron a descender los pasajeros, arroj\u00e1ndose unos por las ruedas, descolg\u00e1ndose otros por las varas, mientras por todas partes llov\u00edan maletas, mundos grandes y peque\u00f1os, valijas lujosas y envoltorios miserables; mantas agujereadas y bufandas de tenor de \u00f3pera; paraguas que servir\u00edan para cribar melones y sombrillas de raso donde el sol mismo mejoraba sus luces; bastones con conterilla de oro y cayados de mendigo; cestas de mimbres sin pelar y canastillos franceses pintados de negro con su cerradura de n\u00edquel. Todo estos enseres y otros muchos que nosotros nos dejaremos en el tintero, pero que de fijo no se quedaron en los carros, fueron tirados de prisa a tierra por los conductores, y era cosa de ver el aceleramiento para recoger cada pasajero sus objetos, o por equivocaci\u00f3n previstas los objetos de otros, que de todo habr\u00eda en tan tremendo barullo y enorme, alocada confusi\u00f3n \u00ab.<\/p>\n\n\n\n<p>\u00abEntre los primeros carros que llegaron al terreno firme hall\u00e1base Julio Verne. La miedosa y caranto\u00f1\u00edstica o ma\u00f1osa se\u00f1ora que antes hicimos referencia, fue necesario bajarla del veh\u00edculo con el mismo cuidado que si se tratara de la propia custodia, o de alguna miniatura tallada en porcelana de Sajonia, pues era atroz su miedo a romperse algo, o simplemente a que se le viesen las ligas. Sus aspavientos y remilgos para taparse las puntillas de las enaguas hac\u00edan presumir fuera la tal se\u00f1ora alguna madre abadesa sacada de los muros conventuales para ejercer el apostolado de la castidad en las disolutas cabanas de la Patagonia&#8230; \u00ab.19<\/p>\n\n\n\n<p>Verdaderamente estos entretelones del desembarco en el Puerto de Buenos Aires antes de la construcci\u00f3n de Puerto Madero en 1889, eran una verdadera odisea impregnada de temor y valent\u00eda que se renovaban d\u00eda a d\u00eda en nuestras costas del R\u00edo de la Plata.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>ARGENTINA, Puerto de Buenos Aires, 1900. Edgardo J. 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